domingo 17 de enero de 2016 - 12:01 AM

El ocaso de la privatización

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La venta de Isagén, negocio que aplaudí en esta columna, finalmente se realizó. Sigo pensando que para Colombia fue un buen negocio, por cuanto el país necesita con urgencia las autopistas lo más pronto posible (es decir, no podemos esperar a ir construyéndolas en 30 años con los dividendos de Isagén).

Además, el año que empieza va a ser muy difícil en el frente económico, principalmente por la posibilidad de una fuerte desaceleración mundial y por los problemas propios que ya traemos desde el año pasado. Ello hará necesario una política ambiciosa de estímulo económico, que será la construcción de autopistas.

Quedan por supuesto instancias de insatisfacción: nada es perfecto y seguramente habría sido mejor que algunas cosas fueran distintas: que hubiera más oferentes en la subasta, por ejemplo. Y tal vez el punto más amargo de este negocio, es que se hubiese realizado en medio de tan gigantesca oposición social y política.

Dicha oposición, creo, muestra un cambio cultural que nuestros gobernantes van a tener que empezar a leer con cuidado: la opinión pública se inclina de manera muy fuerte contra la venta de empresas del Estado. Nunca en mi vida había visto un clima de opinión tan adverso a las privatizaciones.

En los años 90, cuando varios sectores fueron transferidos del control estatal hacia el privado, el ambiente era muy distinto. Producto tal vez de la mentalidad proempresarial de los 80 y del desencanto con la mala administración pública y con la corrupción, la idea de privatizar se puso de moda.

Han pasado ya 25 años. En ese lapso, sucesivos escándalos empresariales han mostrado que el sector privado dista de ser una utopía de buena administración. Hay además una conciencia más cercana a lo público, y a la gestión pública de sectores especialmente sensibles, como aquellos que tienen que ver con el medio ambiente.

Creo, por ejemplo, que Enrique Peñalosa va a estrellarse con esto en su intención de vender la ETB. Esta empresa no es modelo de buena administración, pero otras, como la siempre rutilante EPM, muestran que la buena gerencia pública no es un imposible.

A casos como ese mira hoy la sociedad, y será por ello difícil vender la idea de que es mejor privatizar.

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