domingo 25 de mayo de 2014 - 12:01 AM

Horizonte gris

Hoy probablemente no se elija al Presidente de Colombia, pues, a juzgar por todas las encuestas y por lo que se percibe en el entorno, una segunda vuelta parecería inevitable. Y aunque no puede descartarse una sorpresa, la mayoría de observadores cree que serán Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga quienes pasen a la segunda vuelta. Esto, a mi modo de ver, configura un horizonte gris para Colombia en cualquiera de los dos casos.

Es un horizonte de incertidumbre política, de deterioro institucional, de pugnacidad, de campañas de desprestigio, de parcialidad en los medios, de caída en la confianza y en el estado de ánimo del país, y lo peor, de predominio de la guerra entre facciones políticas sobre la necesidad de administrar al país. No les quepa duda de que, en caso de una victoria de Santos o Zuluaga, el país no será gobernado: cada uno de los dos asumirá como primera responsabilidad destruir al otro.

Una victoria de Zuluaga nos devolvería a las épocas en que especulábamos si el Presidente “sabía o no sabía”. Sus opositores le perseguirán, no en los escenarios deliberativos, sino en los estrados judiciales y en los medios de comunicación. El Presidente sería sujeto de investigaciones por parte de una Fiscalía que además no ha disimulado su animadversión. Y en el gobierno, el uribismo se dedicaría, no a gobernar el país, sino a arrasar con todo aquello que huela a Santos. La pugnacidad y la polarización dominarían el panorama político.

Una victoria de Santos tendría un efecto similar: el gobierno tendría que ocupar su tiempo en desmentir rumores y refutar acusaciones. Enfrentaría en el Congreso a un uribismo agresivo que apuntará a destruirle y el gobierno sentirá que es su derecho responder del mismo modo. Viviríamos entre guerras de denuncias y de propaganda y la administración del país pasaría a un segundo plano.

Con un elemento adicional: Santos, de obtener la victoria, llegaría a la Presidencia con un mandato político muy débil y empujado sobre todo por la maquinaria política, a cuyo favor parece haberse resignado pues no logra arraigar en el voto de opinión. Y esa maquinaria pasa la cuenta: la política pública quedará aún más sometida al hambre del clientelismo. Colombia no sería gobernada: el gobierno se dedicaría, además de pelear y defenderse, a satisfacer caciques políticos.

Es inevitable, por lo tanto, percibir un horizonte gris en cualquiera de los dos escenarios mencionados.

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