viernes 26 de abril de 2019 - 12:00 AM

Antes y después de Mockus

A Antanas Mockus lo conocí como lo conocieron la mayoría de los colombianos: A través de un video de baja resolución grabado el 27 de octubre de 1993, se podía apreciar como el entonces rector de la universidad nacional discutía en el alma mater, con estudiantes que asistían al encuentro nacional de artes de la institución para adelantar el proceso de elección de un estudiante al consejo superior de la universidad. Ante el desorden y la grosería de los asistentes que no permitían el desarrollo armónico de la reunión, el susodicho rector pierde la paciencia, y decide –en un acto simbólico- bajarse los pantalones y exhibir sus nalgas a los revoltosos en cuestión. El video casero que registró el hecho, -en una época en la que no existían los smartphones ni mucho menos facebook o internet-, fue filtrado a los noticieros de televisión de la época, y en cuestión de horas se volvió “viral”.

Les hablo de 1993, es decir de algo que ocurrió hace más de veinticinco años y en una época en la que nuestro país estaba absolutamente dominado por las mafias de la droga. El presidente era Cesar Gaviria. Y el dueño del país Pablo Escobar, quien dos meses más tarde sería cazado y “dado de baja” por el estado.

Ustedes se podrán imaginar cómo aquel acto logró impactar en la Colombia de entonces; mucho más camandulera, retrograda y parroquial que la actual. De inmediato los jóvenes y en general los ciudadanos del común se dejaron seducir por ese académico de nombre lituano y pinta de científico. Su acto implicaba una nueva forma de comunicar, completamente ajena a los estereotipos que definían a los líderes o políticos de entonces, tan corruptos y anquilosados, como manzanillos y rosqueros. De inmediato se generó en el país una corriente refrescante de ciudadanos que por primera vez en mucho tiempo se sentían poderosos y buscaban, tal y como sucede en la actualidad, endosar su apoyo a figuras y no a partidos, a candidatos independientes por sobre candidatos alienados. Pero el acto simbólico de Mockus, además de abrirle las compuertas de la política a una nueva ciudadanía más libre e informada, se constituyó en un desafío a la violencia imperante en el país; a partir de un mensaje claro y revolucionario: los ciudadanos podían disentir, o discutir con el otro sin la presencia violenta de las armas, sin atentar contra la vida o integridad física de su contradictor. Un mensaje coherente que Mockus no se ha cansado de repetir una y otra vez hasta que tal vez algún día, -ojala no muy lejano- su letanía encuentre eco en nuestro país: “La vida es sagrada”. No sé si Antanas, pueda conservar su curul, lo único cierto es que con ella o sin ella seguirá siendo un faro moral y ético para los colombianos.

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