jueves 26 de octubre de 2023 - 12:00 AM

Armando Martínez

Don Juan Jurado Rojas

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Columna de
Armando Martínez

Fue el primer firmante de la mal llamada “acta de independencia” de la noche santafereña del 20 de julio. Era su privilegio, pues fue quien convenció al virrey Amar y Borbón para que autorizara la reunión del cabildo extraordinario, y quien lo representó en ella con todos los poderes. Había llegado catorce días antes, procedente de Caracas, con el título de oidor de la Real Audiencia. Se incorporó al Senado de Cundinamarca y representó a la villa de San Gil en el Colegio Electoral que redactó la segunda constitución de ese Estado. También representó a la villa del Socorro en la junta que revisó el Acta de federación. Después de permanecer un año en Panamá, en 1816 entró a Cartagena con el virrey Francisco de Montalvo, a quien aconsejó la concesión de una amnistía general, y en marzo de 1817 ingresó a Santafé como oidor de la Audiencia restaurada.

Los ingenuos dicen que fue una veleta política, pero realmente fue un delicado político que se ganó el aprecio de todos, tanto realistas como revolucionarios. Tenía que serlo, porque tenía que casar diez hijas y salvar la vida del único hijo varón. No le fue mal: Juana casó con el rico santafereño Domingo Caicedo, vicepresidente republicano de profesión. Concepción casó con Gabriel de Torres, gobernador realista de Cartagena. Antonio casó en Caracas con Isabel Blanco, pariente del general Bolívar, y procreó para la Venezuela republicana dos generales y un coronel. Dolores y Teresa casaron con comandantes del ejército español, y las otras hijas obtuvieron, cada una, rentas anuales de 200 pesos en las cajas reales. La última década de su vida la gastó como fiscal del crimen en la Audiencia de Puerto Príncipe, y falleció en Cuba.

Nacido en El Carpio, obispado de Córdoba, esta vida ejemplar ilustra un principio de la historia: nada ocurre en blanco y negro, sino en muchos matices de colores. Sus nietos fueron venezolanos, granadinos y españoles ilustres, todos sirviendo a sus respectivos Estados. Y él demostró cómo cumplir cabalmente funciones de padre amoroso y de funcionario público, en la circunstancia de una tormentosa década revolucionaria.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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