jueves 14 de octubre de 2021 - 12:00 AM

Don Lope Posada Azuero

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Hubo un tiempo en que no éramos tan democráticos, cuando no se había inventado la elección popular de los alcaldes, ni mucho menos las grandes sumas de dineros que hay que invertir para obtener el “favor popular”, que ya sabemos cómo paga a quien bien le sirve. El gobernador simplemente examinaba la lista de los hombres honrados y competentes, escogiendo a conciencia el mejor. En caso de equivocarse, lo destituía de inmediato y ponía a otro en su lugar. Bastaba un memorial con suficientes firmas de quejosos para apresurar esa decisión.

En esos tiempos felices, cuando no teníamos chance de quejarnos de las corruptelas ni de enviar a los alcaldes a sus casas, convertidas en cárceles simbólicas por los jueces, florecieron personalidades como la de Lope Posada Azuero. Natural de Oiba, nació en el hogar formado por el profesor Trino Posada Reyes (1847-1929) y doña Rosa Azuero Plata. Fue enviado a la Escuela Normal de Bogotá, donde se graduó como maestro, y durante varios años ejerció el magisterio en su departamento nativo. Se puso luego a estudiar leyes y se hizo abogado, sirviendo con dedicación varios juzgados. Le quedó de su experiencia temprana el gusto por las letras, con lo cual fue admitido en las filas de dos academias de Historia. Contrajo matrimonio con doña Dolores Camacho Rueda y falleció en 1960, año en el que fue publicado un elogio de su vida ejemplar en la entrega 549-551 del Boletín de Historia y Antigüedades.

Cuando el gobernador Alfredo Cadena D´Costa, quien sí sabía dónde ponían las garzas, necesitó un buen alcalde para Barrancabermeja, ahí lo tenía. El 9 de julio de 1931 tomó posesión del empleo, y seis meses después presentó al prefecto de la provincia de Galán el más extraordinario informe sobre la administración pública del distrito petrolero, sin dejar de registrar aspecto alguno de la vida municipal, incluyendo el estado de la moralidad de sus habitantes. Qué lindos tiempos, y es una lástima que hoy, cuando los alcaldes popularmente elegidos no saben escribir, no tengamos informes tan brillantes como los de antaño.

ARMANDO MARTíNEZ G.
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