jueves 30 de marzo de 2023 - 12:00 AM

Armando Martínez

Vocación presidencial

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Columna de
Armando Martínez

Uno de los graves problemas del régimen democrático es que, siendo todos los ciudadanos iguales en derechos, cualquiera puede aspirar a ser el presidente de su nación. Dicen que todo ciudadano que entra en el debate político aspira, en secreto, a llegar a la Presidencia. ¿Cuál es el problema de esta ambición? Que no basta con tener el derecho, si no se cuenta con algo escasísimo: la vocación, la inspiración que pone en su mente la Nación.

El segundo presidente constitucional de Colombia, Joaquín Mosquera Arboleda, ejemplifica esa escasez de vocación. Elegido por el Congreso constituyente el 4 de mayo de 1830, tomó posesión el 13 de junio a regañadientes, pero se retiró a Anolaima el primero de agosto siguiente, alegando enfermedad. Ante la rebelión del Batallón Callao renunció a sus funciones el 4 de septiembre y se marchó a Nueva York, quedando las funciones en el general venezolano Rafael Urdaneta. Siete meses después, cuando el vicepresidente Domingo Caicedo pudo recuperarlas, llamó a Mosquera a asumir de nuevo el cargo, pero este se negó. A pesar de su riqueza e ilustración, opinó que, así como no aspiraba a tocar la luna con el dedo, tampoco le interesaba ocupar el puesto de presidente. ¿Por qué? Porque no contaba con el genio que lo hiciera capaz de dominar los acontecimientos políticos de la nación granadina. Pero ese hombre necesario existía y estaba en París: Francisco de Paula Santander, “un patrimonio de la nación” que había sido llamado por ella a presidirla, dada su indudable vocación presidencial. Así que este pasó a Nueva York, y de allí siguió a Bogotá, donde ejerció la Presidencia en los siguientes cinco años, imponiendo en el escudo el lema “Libertad y Orden”.

En estos tiempos de desconcierto, en los que muchos quieren ser presidentes sin tener vocación ni haber recibido la inspiración de la Nación, conviene recordar que no basta el derecho, la ideología, la riqueza o la ilustración. Lo que vale es la vocación, es decir, la necesidad de “un genio superior capaz de vencer o dominar los acontecimientos políticos”, como dijo el iluminado Joaquín Mosquera.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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