Publicado por: Carlos Chaverra
“Bájale al tonito” solía decirme mi madre cuando mi respuesta tendía a salirse de línea y no podía contener la exasperación propia de mis años adolecentes. Por supuesto eran otras épocas, donde aquello de alzar la voz a un adulto y en especial a un padre se consideraba un acto no solo de descortesía, sino de abierto cuestionamiento a la autoridad. Creo que mucho ha cambiado de aquellos tiempos y vemos que esa frontera de guardarse el respeto hablando con mesura en el tono se ha perdido.
Lamentablemente esto no se limita a los adolecentes, basta mirar la controversia diaria de nuestros padres de la patria o, últimamente, el tenor que ha cogido el debate político en Venezuela, en donde del tono desmesurado y despectivo pasaron a los golpes. No solo se perdió el tono, sino el tacto y el tino.
Nada como la derrota para medir esto del tono en las personas. Asistimos esta semana a la eliminación de los dos equipos españoles de la Champions. Los hinchas del Real y del Barcelona quedaron aburridos con la demostración del “nuevo fútbol alemán”. La Champions obliga a que los técnicos deban dar declaraciones después del partido, así que tanto Vilanova como Mourinho tuvieron que mostrar la cara. Ambos apesumbrados expresaron de manera distinta su fracaso: para el técnico del Real Madrid había que buscar la culpa en otros: en sus jugadores, el árbitro, las circunstancias y con tono de víctima reconoció a regañadientes que el entrenador tiene su papel. Finalizó diciendo (en aquel tono que expresa que el mundo gira alrededor de él) que quería estar donde lo quisieran, amenazando ya con irse al fútbol inglés. Vilanova, en el tono parco de aquel que prefiere escuchar antes que hablar, reconoció la fortaleza del rival y sin temores hizo una autocrítica, guardando el respeto hacia los hinchas y jugadores.
Me puse en los zapatos de estos dos y me cuestioné cuál sería mi tono y mis palabras en una situación similar. Encontré que en muchas circunstancias he querido actuar como Vilanova, pero más de lo que quisiera se me escapan respuestas altisonantes, que responden más a un ego herido. “De la abundancia del corazón habla la boca” dice el proverbio, así que a vigilar el tono de nuestras respuestas: dicen mucho de lo que somos, de la nobleza de nuestras intenciones.









