sábado 09 de octubre de 2021 - 12:00 AM

A veces llegan cartas

Extraño el sosiego que producía leer una carta, especialmente esas escritas a mano en las que uno podía imaginarse a la persona escribiéndola lenta y pausadamente
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Columna de
Carlos Chaverra

Uno de los recuerdos más gratos que comparto con mis alumnos es el de recibir cartas de Colombia cuando estaba en mis épocas de universidad. Siempre les pregunto si ellos han recibido alguna vez una carta (con estampilla y todo) y me miran con ojos que aun no se si son de asombro por lo que la experiencia que les estoy revelando refleja sobre mi edad o de cierta lástima por haber ver tenido que pasar por una época considerada por ellos como “prehistórica”. El asombro llega a cotas aún mayores cuando les pregunto si alguna vez han escrito una carta, algo para ellos totalmente extraño en la era de los chats y e-mails. Mi anécdota se pone mejor cuando les digo que algo que apreciaba aun más era que no solo recibía en esas cartas noticias de mi familia sino también recortes de prensa de El Tiempo y Semana con los cuales me “ponía al día” de lo que sucedía en mi país. “Como así profe, ¿no había internet en esa época?”, preguntan, y quedan aún más frustrados cuando les muestro una cabina telefónica de la época con la cual calmaba mis tristezas de patria cada mes cuando alcanzaban los recursos para echarle la monedita al teléfono y llamar a casa.

Me entró la nostalgia de esas épocas esta semana cuando parte del mundo se quedó sin WhatsApp. Confieso que al ver que no me entraban ni salían mensajes sentí cierta angustia (estrés de la modernidad y la tecnología que era menos angustioso en mi época universitaria) pero al final de la tarde me entró una euforia de “estar libre” del yugo del teléfono y los mensajes (para mi interior pensé que sería chévere auto declarar un día de ayuno de todo tipo de tecnología).

No hay dudas del progreso que han traído estas nuevas formas de comunicación, pero extraño el sosiego que producía leer una carta, especialmente esas escritas a mano en las que uno podía imaginarse a la persona escribiéndola lenta y pausadamente, poniendo en la palabra escrita cercanía y vida. Aún mejor eran esos momentos de escribir a un ser querido cuando el apuro no opacaba las intenciones del corazón. Escribir cartas... ¿por qué no volver a ello?

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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