sábado 20 de marzo de 2010 - 10:00 AM

Como porcelana fina

Recuerdo que uno de los sueños de economista primíparo era el de poder trabajar en una institución de prestigio que ayudara no solo a construir la hoja de vida, sino que fuera sello de garantía para el avance  profesional. En mi época (ya hace un buen tiempo), la entidad que ocupaba el primer lugar de mis afectos era el Banco de la República, seguido de cerca por Planeación Nacional. Todos los conceptos que de allí se emanaban y los estudios económicos eran vistos por nosotros y el país como algo qué respetar  y ya cercanos al grado se consideraba todo un privilegio el ser escogido para trabajar allí.

Con el paso de los años estas dos instituciones, en especial el Banco de la República, han resistido debates  políticos, crisis económicas,  presidentes de diferentes colores partidistas, embates de congresistas  y como porcelana fina, han resistido con  dignidad y decoro. De alguna forma hemos reconocido los colombianos que estas instituciones como la porcelana, se deben tratar con delicadeza y que cualquier pequeña desportillada llevará a que pierdan brillo y valor. Otros entes públicos  nacieron con  buen  material  pero quedaron convertidos en vasos de barro. Dentro de este ramillete podríamos incluir  al  Incora o al Instituto de Crédito Territorial. Ni qué decir de los Ferrocarriles Nacionales o el nefasto Foncolpuertos. Hace ya unos buenos años Bogotá contaba con la Empresa Distrital de Buses, cuya flota reluciente  terminó convertida en cementerio de chatarra. Por fortuna tenemos todavía hoy buenos ejemplos como el Sena, el Ministerio de Hacienda, la Superintendencia Financiera o aun Ecopetrol, hoy convertida en empresa mixta. Hace un buen tiempo conocí a una amiga que trabajaba en la Registraduría. Para ella su institución era de esas porcelanas finas que uno cuida. Después de cada elección daba orgullo ajeno verla satisfecha de haber cumplido con sacar los resultados en tiempo record. En los últimos años, por su gestión operativa el día de elecciones nadie dudaba.

Algunos argumentarán que la Registraduría no merece el calificativo de porcelana fina y menos hoy con todo lo ocurrido, pero por su significancia no deberíamos dejarla sucumbir a  presiones políticas o a fallas operativas. Deberíamos apuntar a restaurarla a su justa dignidad: porcelana fina que no admita duda, así todavía nuestro sistema electoral tenga piezas defectuosas.

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