sábado 28 de septiembre de 2019 - 12:00 AM

Dominio propio

Pensemos un poco en este cuento del dominio propio al mo-mento de depositar nuestro voto. Nada más peligroso que un gobernan-te que carezca de él.
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Columna de
Carlos Chaverra

Nick Kyrgios es un jugador australiano de tenis. Tiene 24 años y está ranqueado número 24 del mundo. Casi todos los analistas del deporte blanco coinciden en que Kyrgios es un genio del tenis con unos talentos innatos y difíciles de replicar. Los expertos igualmente opinan que Kyrgios podía ser una amenaza a la hegemonía de los tres grandes Federer, Nadal, Djokovic, que durante el último decenio han acaparado los titulares y los campeonatos de gran slam. Kyrgios efectivamente ha acaparado titulares no precisamente por sus gestas deportivas, sino por su errático comportamiento en el campo de juego: insultos a los árbitros y sus pares, raquetas rotas se han repetido hasta ser identificados como un patrón de comportamiento, que ha llevado a que la ATP le imponga una sanción por “ofensas mayores” bajo el código de conducta que lo suspende por seis meses de los torneos del Tour. Esta sanción será impuesta en firme si el deportista no se ajuicia y cumple con un comportamiento de fair play en la cancha.

“El dominio propio es la capacidad que nos permite controlar a nosotros mismos nuestras emociones y no que estas nos controlen a nosotros”. Y esto es precisamente lo que le ha faltado a Kyrgios. La gran tragedia de esta condición es que todos los talentos y oportunidades se pierden por dejarse “sacar la piedra”, como se denomina coloquialmente la ausencia de dominio propio. Todos los logros corren el peligro de perder valor. De paso dejamos también enemigos y damnificados en el camino, porque el dominio propio no se ejerce en solitario y además tiene como primos cercanos a la arrogancia y la prepotencia. De pasada, esta condición viene acompañada de la negación, porque el que la posee es el último en reconocer que la padece.

Por supuesto la negación viene de la mano de la victimización en donde la culpa del drama no la tiene el que hace la ofensa, sino la incomprensión del mundo que lo rodea.

Por las vueltas que da la vida el ofensor termina representando una causa a los que muchos se adhieren. Pensemos un poco en este cuento del dominio propio al momento de depositar nuestro voto. Nada más peligroso que un gobernante que carezca de él.

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