jueves 13 de febrero de 2020 - 12:00 AM

El duelo migratorio

Las migraciones masivas por razones económicas o de violencia y guerras son un fenómeno contemporáneo generalizado, con responsabilidades compartidas entre países expulsores y receptores.
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No es un tema o término nuevo, ya en el siglo XVII, estudios de salud mental relacionaban el fenómeno migratorio con la nostalgia y el desarraigo que producían decaimiento y tristeza. Las migraciones masivas por razones económicas o de violencia y guerras son un fenómeno contemporáneo generalizado, con responsabilidades compartidas entre países expulsores y receptores. En Colombia, cuando se creía terminado el fenómeno de migración interna - por motivos del conflicto armado cuyos estragos no se pueden borrar tan fácilmente como el nombre -llegaron los venezolanos y “retornados”. Así que, sin duda, las circunstancias invitan a entender más sobre el tema.

La migración implica numerosas pérdidas y renuncias, no solo materiales y económicas sino también de carácter emocional que tienen que ver con las oportunidades, la familia y las amistades. Partir, de manera voluntaria o no, obliga a soltar y dejar atrás una vida para ir hacia novedades y oportunidades, a veces rechazo y discriminación. El país de acogida no es siempre hospitalario. Emprender el camino es un intento de mejorar su vida arriesgándola.

El duelo migratorio es múltiple - se dejan atrás idioma, costumbres, status, amistades y familiares- y a la vez parcial, porque las pérdidas pueden no ser definitivas. Se hace entre nostalgias y esperanzas. Puede volverse crónico, recurrente, nunca resuelto y fácilmente reanimado por visitas de compatriotas y sueños de retorno. Esto les pasa a colombianos radicados “en el exterior” quienes, sin perder sus anhelos de regresar, trabajan toda su vida para pasar la vejez en su tierra natal.

Esto también vale para la población colombiana afectada por el desplazamiento forzado, migrante por efectos de la guerra interna. Considerar el duelo migratorio ayuda a entender que las pérdidas no son siempre tangibles y cuantificables materialmente o en dinero para fines de reparación. Hay pérdidas cuyo precio no depende del objeto perdido sino de su significado y valor atribuido. No se compensa con monedas la “inversión afectiva”.

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