jueves 07 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

El muro de la vergüenza

Urge intentar propuestas diferentes, respetuosas de las personas y sus entornos, a escala humana, con producción y consumo inteligentes y limitados.
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Hace treinta años caía el muro de Berlín, emblemático de la partición en dos de una ciudad, de Europa y del mundo. De un lado el “mundo libre” capitalista y del otro los intentos de comunismo, ilusiones y represión. La caída y demolición del muro de la vergüenza, surgido una mañana de agosto de 1961, en plena Guerra Fría, representó el fin de la dictatura comunista y sus sevicias al este de Berlín. Unos celebraron el fracaso del comunismo y, sin mayor análisis, concluyeron que quedaba demostrada la imposibilidad de semejante disparate. Se celebró el triunfo del capitalismo como única opción válida de desarrollo. Al denigrar globalmente al malogrado comunismo y de paso al socialismo, el capitalismo se impuso como panacea. Treinta años después, aumentan las dudas frente a este capitalismo imperante, salvaje y reencauchado en neo capitalismo liberal.

Este glorificado capitalismo también impulsa regímenes dictatoriales, tampoco respeta los acuerdos climáticos internacionales, también trafica armas, drogas y personas. Todo se vende y se compra. Todo es negocio del que todos se quieren lucrar, un gane-gane sin piedad. Se negocia con el medio ambiente, el agua, los árboles, etc. El ser humano es una mercancía, la salud y la educación son negocios, todo debe ser rentable. Pero no conviene que lo sea para todos. Se requiere mantener la pobreza de personas y países, regiones enteras. No hay cabida para la equidad social, tampoco de género. El capitalismo se nutre de la “libre” competencia y, para continuar y fortalecerse, requiere mantener grandes brechas económicas y de desarrollo. El sistema necesita sus pobres, familias y países, para asegurar la riqueza, el bienestar y despilfarro de unos pocos.

Urge intentar propuestas diferentes, respetuosas de las personas y sus entornos, a escala humana, con producción y consumo inteligentes y limitados. Valorar lo lento y duradero, lo natural y la naturaleza. Urge volver a soñar y creer que otro mundo es posible y ponerlo en marcha lo ante posible.

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