jueves 24 de diciembre de 2009 - 10:00 AM

¡Qué pena, nos equivocamos!

Es la disculpa que recibieron James Blain y Luis Díaz al salir libres de la cárcel después de purgar injustamente 35 y 25 años de prisión. El norte- americano James Blain tenía 19 años cuando fue condenado a cadena perpetua por haber violado a un niño de nueve años; él siempre negó los hechos, pero era joven y su piel negra. Luis Díaz, también norteamericano, fue condenado por  violación sexual a ocho mujeres.

En ambos casos, años después los avances de la ciencia permitieron demostrar la inocencia de los condenados, quienes según las leyes de la Florida recibirán 50.000 dólares por año pasado en la cárcel. Pero ¿qué plata puede reponer la juventud pasada, los estudios fallidos, los amores perdidos, la vejez en una libertad no prevista ni preparada, el desespero de vivir tan irreparable injusticia? Casos como estos, que se dan también en Colombia, son argumentos implacables en contra de la pena de muerte. Recordemos el caso de la niña violada y asesinada en una estación de Policía en Bogotá hace unos años. En forma precipitada se había presentado a los medios de comunicación y condenado al supuesto culpable, padre de la víctima, quien salió libre cuando, años después, llegó una prueba analizada en EU eximiéndole de toda culpa. Acordémonos del triste caso del señor Jazbún, condenado por el magnicidio de Galán, quien murió tras  su liberación, física y moralmente acabado por años de cárcel que no eran para él.

El Proyecto Inocencia, creado en Estados Unidos a finales del Siglo XX, busca y ayuda a presos condenados pero inocentes. Estudiantes de Derecho de la Universidad Manuela Beltrán crearon una versión colombiana de Inocencia, ayudando así a ciudadanos que corren peligro de podrirse  en la cárcel expiando delitos cometidos por otros. En EU en el 2005, de los 161 liberados, 14 estaban esperando en los famosos 'corredores de la muerte' y gracias a exámenes profundizados de ADN, pudieron escapar a la irreparable pena capital.

Dirán: 'menos mal aquí no hay pena de muerte'. En el papel no hay estos castigos definitivos e irreparables, pero abundan en la práctica: falsos positivos, ejecuciones arbitrarias, limpieza social. También con 'errores' cuando los matones no identifican bien a su víctima: 'las balas no eran para su hijo ¡disculpe!  Lo sentimos, no eran guerrilleros sino jóvenes desempleados'.  Y hasta ahí, no llegan ni el Proyecto Inocencia ni el Chapulín…

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