jueves 07 de enero de 2010 - 10:00 AM

La Cartagena de los cartageneros

Este fin de año volví a pasar unos días en Cartagena, que fue la primera ciudad de Colombia que conocí y disfruté a mi llegada al país hace casi 34 años. Desde entonces cada año vuelvo allá, por lo tanto los cambios no me sorprenden pero sí me duelen.

No es que considere que todo tiempo pasado fue mejor, lo cual no es verdad; cuando se cree así es sólo porque ese tiempo ya pasó (¡qué alivio!) y no volverá (¡qué nostalgia!) o simplemente porque representa una añorada juventud. En fin, Cartagena hoy en día ya no es la Cartagena de hace 30 años, ni es de los cartageneros. Ya casi no les pertenece: el centro está en venta y las casas antiguas y tradicionales de las que se conservan las fachadas, pasan a mano de cachacos o españoles u otra gente 'importante' que puede pagar los costosos impuestos o sabe cómo no hacerlo. La población cartagenera 'de pura cepa' está relegada a sectores no turísticos fuera de la ciudad amurallada y sin vista al mar. La Boquilla también pertenece a otros: como pueblo de pescadores, desapareció. Las redes de los insistentes y flacos pescadores no atrapan más que peces que no terminarán de crecer ni tendrán vida para reproducirse; el hambre de hoy se calma con los recursos de mañana. La pesca ya es asunto de grandes pesqueras que reservan sus grandes pescados a grandes hoteles y restaurantes que los compran a grandes precios. Así la cosa, son los turistas con grandes cuentas bancarias los que comen en la costa pescados más caros que en Bogotá.

Las playas tampoco son de los cartageneros: estos espacios públicos fueron comprados por lujosas cadenas hoteleras internacionales que hacen todo para que sus privilegiados clientes se sientan cómodos, es decir, no sientan el calor ni los lamentos de una ciudad que es caótica y cruel para sus moradores de todo el año y toda la vida; una ciudad que intenta disimular su realidad cotidiana para agradar a sus visitantes que nunca la conocerán así vuelvan.

También las hijas de Cartagena son de otros: turistas extranjeros seducen con facilidad a chicas ilusas que sueñan con encontrar el paquete completo 'amor y visa'. La lucha oficial  contra el turismo sexual no logra vencer los apetitos perversos ni desbaratar las conexiones de los que vienen a hacer en tierra ajena lo que les es prohibido en su propio país.

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