Los indicadores actuales de Bucaramanga son sorprendentes: la tasa de desempleo más baja del país, con un 9,5%, el índice más bajo de pobreza con 10,4% frente al 32,7% nacional, la ciudad con menos desigualdad, con un coeficiente de Gini de 0,432, frente al 0,539 del total nacional. Además de ello, cuenta con un Producto Interno Bruto per cápita de $22,3 millones mientras que el nacional es de $13,3 millones.Más allá de las críticas de muchos sobre la forma como se determinan estos indicadores frente a lo que muchas veces se ve en las calles, lo cierto es que algo está pasando en Bucaramanga y su área metropolitana. Y esa atmósfera de crecimiento se ve claramente en el desarrollo de la oferta comercial y de vivienda, la generación de empleos y la llegada de grandes marcas.Todo este impulso económico se debe a un esfuerzo del sector privado, que ha logrado jalonar a la ciudad. Y si a este panorama le sumamos una oferta educativa de altísima calidad y un crecimiento en servicios médicos como el que ha permitido el posicionamiento de la ciudad como destino del llamado “turismo médico”, tenemos los ingredientes perfectos para hacer de Bucaramanga y su área la líder del país. Por algo empiezan a llamarla “la ciudad milagro”.Pero infortunadamente, la ciudad está lejos de ser la líder del país y la culpa es indudablemente de la tanda de mandatarios incapaces y corruptos que desafortunadamente se han asentado en el poder en la ciudad, su área y el departamento en los últimos años.Las vías son las mismas desde hace 20 años y ni siquiera han sido capaces de sacar adelante un proyecto como el viaducto de La Novena, la movilidad es un caos, el Plan de Ordenamiento Territorial, que pondría orden al crecimiento de la ciudad, sigue embolatado y por el lado de la Gobernación siguen pensando en Cristos y piscinas de olas.Y ni hablemos de corrupción, porque por donde se escarbe aparecen contratos entrega-dos “sospechosamente”, personajes cuestionados, licitaciones amarradas, violación a todos los principios de contratación pública y plata embolatada. ¿Qué tal Floridablanca con sus tres últimas administraciones, por citar solo un ejemplo? ¿Se han puesto a pensar lo que sería esta ciudad, su área y el departamento donde no se robaran la plata?