sábado 02 de abril de 2022 - 12:00 AM

Entre populismo y odio (2)

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Columna de
Diva Criado

En la columna anterior señalaba, que la lógica populista hitleriana manipulaba hipótesis, construía enemigos y proponía soluciones sistemáticas a los males de la sociedad alemana. Salvo algunas salidas soterradas de Trump, Putin e incluso Erdogan en Turquía, pocos líderes hoy, apelarían a la pureza de la raza como argumento de superioridad.

Actualmente presenciamos en el mundo, una inquietante oleada de xenofobia, racismo e intolerancia. El discurso de “nosotros contra ellos”, se está convirtiendo en un arma para cosechar beneficios políticos con una retórica incendiaria que estigmatiza y deshumaniza.

Nicolás Maquiavelo, en su obra clásica, El Príncipe, dedica un capítulo a las cualidades apropiadas de los gobernantes. Admite que el odio es indeseable para el rendimiento político y menos beneficioso para la gobernanza.

Preocupa la aparición del discurso populista que alimenta el miedo y el entusiasmo de la gente, promoviendo políticas sin pensar en las consecuencias. El Brexit, un populismo que encontró eco en sectores que se creían amenazados por la inmigración y las medidas económicas europeas, demuestra que la valoración coste-beneficio, ha sido más bien poca, por no decir nada.

Donald Trump, otro clásico. Dedicó su discurso de posesión a lo que sería su mandato: “America primero. Debemos proteger nuestras fronteras de quienes nos quieren robar las fábricas y destruir nuestros empleos”, en clara alusión al muro con México. El diseño de su política de eliminar “políticas dañinas e innecesarias”, como el Plan de acción climático o descalificar a la OTAN, le fraguaron más enemigos que amigos dentro y fuera de su partido.

En Latinoamérica la situación con los populistas, no puede ser más inquietante, los ejemplos abundan. Azotada por el COVID-19, la pobreza, el desempleo y la informalidad laboral se hicieron más vulnerables por las draconianas restricciones impuestas para mitigar la pandemia.

La visión cortoplacista del populismo latinoamericano, sin preocuparse por su coste a largo plazo, tiene cierto tufillo a zorrillo apestoso. Movimientos como el bolsonarismo en Brasil, el peronismo en Argentina, Evo Morales en Bolivia, o el chavismo en Venezuela, lograron popularidad utilizando una combinación de populismo-nacionalismo. Una perspectiva más chauvinista que otra cosa.

Hugo Chávez llegó al poder, con la bandera, “el pueblo soy yo”. Cautivó miles de votantes que buscaban un antídoto para sus males. Lo identificaban como un Dios que expropiaba, y repartía bienes y el dinero del petróleo. Una vez en el poder, promovió una política popular-nacional, liquidó la iniciativa privada, restringió libertades individuales, limitó la independencia de los medios y promovió una nueva Constitución para transformar un régimen democrático en una dictadura vitalicia, disfrazada de democracia. Sus votantes, nunca imaginaron que los cimientos democráticos se verían amenazados y que engendrarían la hecatombe de un pueblo que gozaba de cierto nivel económico en el panorama regional.

Así que, la experiencia histórica del discurso populista tiene más víctimas que beneficiarios y enormes consecuencias negativas.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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