sábado 23 de enero de 2021 - 12:00 AM

Qué pasa con el Chorro de Paturia (1)

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Columna de
Diva Criado

Por qué será que los corruptos ven en los recursos asignados para obras públicas, un botín que pueden embolsillarse, sin que los órganos de control ejerzan su función de manera efectiva, o anuncien investigaciones exhaustivas que no llegan a ninguna parte.

No podemos negar que un aspecto clave para impulsar el desarrollo y crecimiento de un país es la inversión pública traducida en obras. De ello depende que se hagan escuelas, hospitales, carreteras, muros de contención para evitar inundaciones de los ríos, etcétera.

Desafortunadamente, la industria de la construcción sigue soportando los embates de prácticas ancestrales de corrupción que ningún gobierno ha sido capaz de frenar y, ningún ente fiscalizador ha puesto en cintura. Se anteponen el amiguismo, el compadrazgo, los intereses políticos y, por qué no decirlo, la mermelada.

A pesar de la ley, muchas obras se licitan entre las sombras así, lo que debería verse como un símbolo de progreso y desarrollo, se convierte en la realidad, en un desastre con vicios ocultos por obras inconclusas, mal construidas, entregadas a destiempo, estructuras colapsadas originadas por falta de planeación, materiales de baja calidad, falta de mantenimiento, o término de vida útil, que nada tiene que ver con fenómenos naturales.

Factores que aumentan los costos originalmente presupuestados, provocando muchas veces adiciones que dan paso a proyectos, coloquialmente denominados, “elefantes blancos” o, “vacas lecheras”.

Podría traer a colación muchos ejemplos, pero uno reciente, viene al caso: “El Chorro de Paturia”.

A groso modo, la historia viene de lejos. Situado en Santander, el corregimiento de Paturia está ubicado en el municipio de Puerto Wilches, a orillas del río Magdalena. Los registros de sequías se remontan a varias décadas, cuando el margen del río mermó considerablemente su afluencia, quedando lejos de la cabecera municipal de Puerto Wilches, causando ingentes problemas a la población, no solo por la lejanía, sino porque, solo podían navegar pequeñas embarcaciones.

Se impulsaron entonces, sucesivos dragados en el cauce y en las islas que separaban los dos brazos del río. Con la aquiescencia de la Corporación Autónoma Regional del Río Grande de la Magdalena (Cormagdalena), avalada por el legislativo e impulsada por los ejecutivos de turno, hicieron que el agua se desviara mayormente hacia Santander, cambiando así, según palabras de uno de los ingenieros consultados, “una acción antrópica totalmente absurda, que la naturaleza sabiamente había dispuesto. Se recargó el río contra el costado occidental”.

Pero el cauce se fue separando del costado occidental y fue cubriendo cada vez más amplias franjas del lado oriental, con un brazo cada vez mayor.

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