lunes 29 de julio de 2019 - 12:00 AM

Cambiar el modelo carcelario

La reforma debería permitir que los reclusos colaboren con la sociedad trabajando en fincas

O seguimos construyendo cárceles o cambiamos el modelo. Los informes dicen que por cada nuevo cupo que se crea en una cárcel de Colombia, llegan tres reclusos. Ya no se sabe qué hacer con tanto hacinamiento y tanto tiempo gastado en condenados que no se reforman. Como la salud, el régimen penitenciario tiende a colapsar porque el incremento de internos es exponencial. Los 138 penales que existen no son suficientes y el hacinamiento se extiende como una peste y en esas condiciones ¿qué rehabilitación se realiza?

Los detenidos pasan sus horas en balde, con dificultades de todo tipo: económicas, de salud, de soledad, expuestos a enfermedades inmunoprevenibles, sin trabajos de calidad.

La reforma debería permitir que los reclusos colaboren con la sociedad trabajando en fincas, para ganarse su propio sustento, trabajando al aire libre, sembrando y consiguiendo con el trabajo recursos para sostener sus familias y sostenerse ellos mismos. El Inpec debería invertir en fincas para cultivos y de especies menores, así como en talleres donde les comercialicen sus productos. Talleres de orfebrería, de vidrio, de ropa, de forja, en fin los oficios que nunca se olvidan y que dignifican. Deberían colaborar con los municipios sembrando árboles, llevándoles la universidad, recibiendo clases de filosofía, de historia, de literatura, de idiomas, deportes, para que así mejoren sus condiciones. El sistema colapsa y los costos y la corrupción dan al traste con ese modelo que ya hace rato se hunde y que cada año empeora más y más.

Un recluso le cuesta a la Nación mucho dinero que nunca se recupera. Verdaderos delincuentes están en la calle o huyendo. Asilados o protegidos como lo estuvo María del Pilar Hurtado o como está Luis Carlos Restrepo.

La solución no puede ser construir más cárceles. No dan abasto. Hay que replantear el modelo que ha mostrado su fracaso. Es un círculo vicioso y las cárceles de Colombia parecen más “universidades del mal”.

Nota: La ciclorruta ideal es la incluyente, la que une todos los estratos. Como las antiguas murallas de las ciudades, debería rodear a Bucaramanga como una gran vía donde todo el mundo pueda con su bicicleta, comunicarse, hacer ejercicio y divertirse.

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