lunes 08 de julio de 2019 - 12:00 AM

Cambio Real

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Mientras el mundo piensa en mitigar el cambio climático, mientras ese mundo calcula cómo salvar el agua del planeta, mientras sucede todo eso, algunos candidatos a la Alcaldía de la ciudad solo maquinan y conspiran para quedarse con el poder.

El mundo se reúne en torno a la búsqueda de soluciones para los diferentes problemas que aquejan al ser humano, Abrevan, como dice Harari, muchas personas preocupadas por el destino de los habitantes de la tierra en los centro de investigación y en los centros de pensamiento que nos servirían para disminuir los males que aquejan al planeta.

No obstante, aquí siguen ajenos a todo esto los políticos superficiales que solo piensan en sus asuntos particulares y en sus negocios. Una manada de hipócritas que reparten dinero y que andan con una fila de contratistas esperando las migajas del poder. Promesas de contratos los mueven. No tienen amigos, solo socios. El exceso de dinero (no es un delito), solo obliga a multiplicarlo y sus relaciones son para aumentarlo. No hay grandeza ni generosidad en sus gestos.

Los centros de pensamiento, que son cientos en el mundo, nos ayudan a construir y mejorar nuestras ciudades y sus gobiernos. Eso nos ha faltado en esta ciudad. Diversas culturas están luchando por no seguir deteriorando nuestra calidad de vida. Cuando estos candidatos nos hablen de sueños comunes y los logren cumplir, cambiará la ciudad. El Estado, tristemente, no protege a los niños ni a los ancianos con sus políticas públicas.

¿No es sospechoso que un pre-candidato tenga a varios concejales liberales peleando para que le den el aval? Están tan aceitados que están dispuestos a irse del Partido Liberal. En eso estamos en Bucaramanga.

La ciudad necesita candidatos con formación de estadistas. Necesitamos conocer sus declaraciones de renta y que hagan gestos trasparentes y sinceros para que el ciudadano confíe.

Nota

Murió Joao Gilberto, el de la melodía infinita que tocaba con una guitarra de cerezo construida en Alemania, en 1800, para cantar eternidades. Se la regaló Carl Fischer, que la había heredado y que no sabía qué hacer con ella. Fischer, por su parte, se suicidó botándose de un séptimo piso un día de nieve triste.

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