lunes 09 de octubre de 2023 - 12:00 AM

Donaldo Ortiz Latorre

Colombia enamora

¿Y cómo no va a enamorar si vamos a la X feria Bioexpo que se realizó hasta ayer sábado en Cenfer, y aprecia uno la inmensa fiesta de la biodiversidad que tiene este hermoso país que reclama un lugar decente en el mundo por la inteligencia de sus gentes, su creatividad y su variedad racial? Indígenas, negros, mestizos (la mayoría), que luchan por hacer país desde los rincones olvidados de esta Colombia que los desprecia y los maltrata. Ellos, crecen en medio de un mundo mágico y con inmensa riqueza: plantas, árboles nunca vistos, frutas desconocidas que curan todo como el arazá, el camu camu, el asaí, el seje, la ciruela sada, el lulo cocona, el copoazú. Todas silvestres, procedentes de nuestras selvas amazónicas y chocoanas. También había maderas maravillosas de colores negros, rojos, morados (el color de la transformación), árboles gigantes que ayudan a detener el cambio climático (aunque nuevos filósofos como el escocés William MacAskill digan que la catástrofe ya no se puede evitar). Hay árboles como: el Sajo, el Otrobo, el Cuángare, el Sande, el Choibá, el Chanul, Flor morado/roble, Guino y otros cientos que todavía desconocemos (no sabemos ni leer el firmamento, menos conocemos la hierba que pisamos). Esos árboles los regalaban en la feria Bioexpo con la finalidad de salvarlos de la extinción, y me hice con varios.

Y como si fuera poco, había artesanías con nuestros bejucos y palmas, reciclaje de joyas a partir de envases de yogurt, aceites esenciales para cosmética de plantas desconocidas, variedades de ají en diferentes presentaciones, casi todas del Amazonas y del Guaviare. La naturaleza nos brindó una inmensa riqueza de productos y sin embargo, a este país no se le agradecemos lo suficiente.

Tenemos destruidas las carreteras, olvidados los pueblos, asesinados desde la violencia partidista miles de colombianos y esto no para (tendrá razón el filósofo escocés, acabemos de tirarnos estos y a los hijos y nietos no le dejaremos sino una tierra maldita).

En la feria vimos más mujeres que hombres haciendo con sus manos hermosos tejidos, sombreros, chocolates, mieles infinitas, y por todo eso es que Colombia enamora, porque a pesar de tanta tragedia y tanto abandono, el campo nos sigue trayendo la comida, la alegría, y las poblaciones afrodescendientes e indígenas nos siguen sorprendiendo con sus saberes y conocimientos.

Uno no sabe si alegrarse o entristecerse, no había políticos, ningún candidato conoce esa Colombia que ahora bien llaman profunda. Todos repitiendo el mismo discurso mientras la belleza pasa de lado.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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