lunes 29 de diciembre de 2008 - 10:00 AM

Diciembre

Los cascos de los caballos le sacaban música a las piedras, sus herraduras al golpear la piedra  me despertaban  después de un sueño tranquilo y feliz.

El ladrido de los perros  que vigilaban el molino, acentuaban esa sensación de calidez y de alegría.  Se  estaban preparando para la cacería de venado en el páramo, entonces, nos levantábamos   en  la madrugada fría  llenos de expectativa escuchando a  los cazadores, entre ellos a mi padre que  montado ya sobre recio caballo con su cigarrillo en la mano,  nos sonreía y nos llamaba.

Era la hora de darle de comer a los animales porque les esperaba una larga jornada subiendo a ese espacio que se confundía con el cielo, casi un cielo nos esperaba si subíamos ese diciembre a acompañar a los cazadores cargados de abrigos, escopetas de dos tiros y abundantes  bocadillos. A las 7:00 de la mañana comenzaba el ascenso a esas bellas montañas, en la cima, el frío era implacable  y no nos daría tregua, pero eso no nos  importaba si íbamos   a la mejor aventura de la infancia,  mientras nos decían que hacer  en el rincón de un punto que, se suponía, pasaría el veloz venado perseguido hasta en cansancio por los perros.

Al pobre animal lo seguirían  los perros que olían su rastro entre los arbustos y no  lo dejarían en paz  hasta  que el  disparo  de un cazador lo despachaba de este mundo y ahí, entonces,  era cuando nos dolía el alma  al ver ese bello  animal destrozado por los perros. Un venado blanco que ya se extinguieron,  era el trofeo. Era una sensación  infantil  la  muerte del venado  por alguno de los cazadores que  acechaban a su presa. Ay, ay, creo que terminamos  por la codicia con este bello animal que corría por entre la niebla como un fantasma porque fantasma lo volvimos, porque sus ágiles pasos, su tierno pelo y su corazón agitado mostraban un ser que acabamos.

Diciembre es eso, un rechinar de recuerdos que se asoman en días como hoy para que no olvidemos, para que volvamos nuestros ojos a ese pasado bello, pero que  también lastimamos, para que sepamos que bastan dos segundos para que el abismo nos trague entero y sólo uno para que  se asome el olvido. Porque diciembre es eso, un millar de recuerdos felices con uno que otro infeliz

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