lunes 03 de mayo de 2021 - 12:00 AM

Insistamos en el cambio

El país no está para mantener un Congreso zángano, ni altos funcionarios y magistrados que no cumplen con su deber.
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Colombia, además de tener que sufrir un gobierno completamente ajeno a la realidad del país que vive en una burbuja, tiene para colmo de males un Congreso donde pocos legislan para bien y defienden al pueblo que los eligió. Son 108 senadores y 172 representantes cuyos salarios, después del aumento de este año, quedará en 34.417.000 pesos, y a pesar de ello no quieren ayudar a recortar el gasto estatal. No les importa tener uno de los salarios más altos de Latinoamérica. Un parlamentario sueco gana alrededor de 15 millones de pesos con gastos deducidos, sueldo que puede ser igualado por el de un profesor de primaria en Suecia. Pagan, además, su automóvil, pagan sus celulares, sus pasajes aéreos, no tienen guardaespaldas pagados por el Estado y no pueden nombrar asesores, ni menos hacer contratos por interpuestas personas con el Gobierno, contrario de lo que sucede aquí. Pagan su propio café como cualquier ciudadano y no tienen problema con ello.

No tiene sentido conceder privilegios especiales a los parlamentarios, porque su tarea es representar a los ciudadanos y conocer la realidad en la que viven. Ese es su privilegio. La labor de los parlamentarios no es la mermelada. De esa manera pueden mejorar el rumbo del país sin andar preocupados por sus propios beneficios. ¿Son útiles nuestro Senado y nuestra Cámara? Lo preguntamos porque aquí cobran miles de millones de pesos a cambio de no hacer muchos nada bueno. ¿Por qué no se recortan el número de congresistas como en Italia, que de 630 diputados pasó a 400 y de 315 senadores a 200? El país no está para mantener un Congreso zángano, ni altos funcionarios y magistrados que no cumplen con su deber. Nos ahorraríamos tanta reformas tributarias que aumentan el hambre.

Este debe ser nuestro propósito nacional porque es la única manera de salvar el país. Hay que cambiar esto.

Nota. Girón tiene ahora la oportunidad para acabar la politiquería y conseguir su restauración moral con la elección del nuevo alcalde. El elegido debe salir de grupos decentes de ciudadanos que se unan y propongan una persona como decía Camus: “Honesta y lúcida”. En sus manos estará evitar desastres como el “relleno de basuras” en el Cañón de las Iguanas, que lo destruiría.

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