lunes 02 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Las muertes de todos los días

Estaba ahí, sentado mirando un periódico, vestido de blanco, con sombrero y unas gafas oscuras que escondían sus ojos y su mirada.

Se llamaba porque ya no existe, Mario, tenía 45 años cuando lo mataron sentado en ese restaurante de Bucaramanga, ese sábado en la tarde mientras esperaba a alguien que no llegó porque ese día lo acribillaron con 11 balazos; los casquillos de pistola 9mm quedaron en el suelo. Nadie vio nada, del asesino, el que hizo los disparos, no se supo cómo era, si flaco o gordo, alto o bajito, blanco o de color. Eran las 5 de la tarde, su café todavía estaba caliente.

Nadie supo nada ni nadie contó nada a la Policía y la Fiscalía cuando llegaron a los 45 minutos del asesinato. Hicieron el levantamiento y entre sus bolsillos encontraron un pasaporte mexicano y muchos dólares.

Al rato también llegó una mujer bella, sin cirugías previas como está de moda, con un cabello largo y vestida muy elegante, ropa de marca y que lloraba en silencio, con ese dolor que sale como una nota musical del profundo del corazón y que transmite un inmenso dolor por el que al parecer, era su esposo.

No decía nada ni respondía a las preguntas impertinentes de los policías. Sólo dijo que era su marido, que no era mexicano sino colombiano y que habían acabado de llegar debido a las cosas que estaban pasando en México, a las muertes de todos los días y que toda su familia había desaparecido en esa lucha. Lloraba y fumaba, llamaba y hablaba y volvía a llorar.

Era la muerte la que les mordía los talones y al fin los había alcanzado en esta ciudad donde esperaban encontrar algo de paz. Dios no lo quiso así, repitió, mientras sus ojos verdosos miraban cómo levantaban el cadáver de ese hombre bien vestido.
La guerra traspasa fronteras, elimina niños, mujeres, hombres y eso sucede todos los días en este país por una guerra de mafias, de grupos guerrilleros, de paramilitares y de delincuencia, sin contar las guerras del Estado que golpean todos los estratos, pero principalmente los jíbaros, los lugartenientes y de vez en cuando, uno que otro jefe cae en manos de las autoridades o en manos de sus antiguos socios, por cuenta de una guerra que viene por el consumo en los Estados Unidos.

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