lunes 13 de septiembre de 2021 - 12:00 AM

Madre dulce y bella

El oficio de vivir y darnos vida terminó, pero no termina el amor que mueve el mundo difícil y a veces duro y que no tiene límites ni horarios
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No tenía que morirse mi madre para saber lo bella que fue, no solo física sino también espiritualmente. Fue superior a su destino e invariable en su ternura hasta el punto de hacerla “una obra de arte”, como dice mi primo Álvaro Pablo. También fue ejemplo permanente de autodominio, cerrando “desde la infancia todas las puertas con doble y triple cerradura a la ira y a las malas maneras”.

Ella fue todo lo que una madre puede ser y por eso nuestra gratitud será eterna. La madre que afortunadamente nos tocó fue dulce, extremadamente dulce, tierna, alegre, extremadamente alegre y risueña. Cantadora, su voz cuando lo hacía mejoraba nuestros días. La escuchábamos como si estuviéramos en un paraíso. Podía bailar con una escoba para divertirnos y eso era suficiente. Se disfrazaba de loca, con peluca y dientes de vampiro y de lo que fuera para sacarnos una sonrisa o hacernos salir corriendo.

Esa forma de ser tan alegre y amorosa fue la manera de transmitirnos con mi papá la pasión decente por la vida que ningún poeta ni filósofo logra hacer tan bien. Ella lo logró.

Pero la vida no es eterna, hay que morirnos, y a ella le tocó partir en silencio y con el discreto gesto que la acompañó toda la vida, sin estridencias.

Cansada, nunca dejó de ser generosa y amorosa y sonriente. Con humor pícaro nos recibía. Hábil y recursiva, incansable tejedora, con manos de artesana (me hacía las tareas del colegio a máquina, cosa que ahora agradezco), construía hermosos tejidos donde pasaba horas pensando y tejiendo con arte, manteles y cuadros. Según mi sobrina Valeria daba integralmente las cinco formas de amor que existen.

El oficio de vivir y darnos vida terminó, pero no termina el amor que mueve el mundo difícil y a veces duro y que no tiene límites ni horarios.

Sin vacilaciones y sin vacaciones soportó también los sinsabores de la vida. Madre bella y dulce.

Podré decir como Albert Camus: “El motor de mi vida fue el amor incondicional de mi madre que era analfabeta y casi sorda”. Y ese amor lo llevó a decir también: “Entre la justicia y mi madre elijo a mi madre”.

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