lunes 04 de marzo de 2019 - 12:00 AM

Nuestro Chocó

El hambre del Chocó no le preocupa al Gobierno, tampoco le preocupa el hambre venezolana, le interesan los negocios que se puedan hacer en una supuesta guerra con ese país. No valoramos tener la región más lluviosa del mundo y la segunda con más biodiversidad. Tenemos flora que no existe en otras regiones de la tierra, plantas que pueden ser útiles para curar enfermedades de todo tipo, incluso el cáncer, plantas que pueden quitar el hambre de la humanidad y sin embargo, eso no nos interesa.

No le importa al país el desplazamiento, el analfabetismo, la pobreza de su población, la barriga de los niños desnutridos, la ausencia de tecnología, de vías; solo 14 de los 30 municipios están conectados por carreteras en mal estado.

Esa región con especies de animales extraños como reptiles, 600 variedades de aves, 200 de mamíferos, 120 especies de anfibios, madera semipreciosa que es saqueada sin que la población se beneficie. Minerales que pueden ser útiles para el país, la riqueza fluvial, pero esa región para muchos colombianos además de olvidada, no vale la pena, es fea, está llena de afrodescendientes y es como “echarle perfume a un bollo”, según las palabras de un “brillante” diputado paisa. Mucha gente debe pensar lo mismo.

Al Gobierno tampoco le interesa el hambre en el Putumayo, ni en la Guajira, porque son indígenas. En esos sitios marginales se mueve todo lo ilegal, como esclavos, narcotráfico, armas, robos de la riqueza nuestra y no pasa nada, aquí normalmente no pasa nada. Si hicimos senador a un señor Luis Alberto Gil, que nos va a importar el resto. La justicia está permeada, está comprada. Muchos empresarios andan en negocios con ilegales y piensan que la gente no lo sabe.

Se hacen “discursos” atacando la corrupción, sin embargo, nada cambia. Debe ser el cinismo colombiano que está incrustado en nuestro ADN.

Nota: las vías son de los ciudadanos y por lo tanto cuando saquen de las gavetas, decretos como el de las bicicletas deben hacer el esfuerzo de socializarlo. Se promueve su uso, pero también lo persiguen, se construyen ciclovías (que, además, se ven vacías). Todo esto acabará de empeorar la movilidad de una ciudad atascada, ruidosa y contaminada.

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