lunes 27 de noviembre de 2023 - 12:15 AM

Donaldo Ortiz Latorre

¿Qué significa ser santandereano?

Es imposible no preocuparse por esta región, que no solo en el presente, sino desde hace muchos años, parece no ser relevante para el país. Sus carreteras son de segunda, o casi de tercera (si eso existe). Pocas personas se preguntan qué ha sucedido con nuestro departamento, donde las montañas nos unen y nos desunen. Regiones como García Rovira llevan construyendo carreteras desde 1920, y la gente de allí lleva décadas votando por los mismos políticos. ¿No saben con qué los llenan y cómo los engañan?

Regiones como Soto Norte, ubicadas a solo 45 kilómetros de la capital que llaman una “ciudad competitiva”, enfrentan problemas recurrentes de derrumbes cada invierno. Año tras año, se invierten miles de millones en la carretera a Barrancabermeja, solo para enfrentarnos al mismo escenario de derrumbes y desvíos al siguiente año. Por favor, preguntemos ¿qué nos pasa? Esa idea de la bravura es un cuento viejo, pasado de moda. El santandereano ha perdido el carácter que lo hizo sobresalir.

Sus dirigentes, incluyendo a los nuevos congresistas con obligaciones hacia la región, no hacen presencia en las diversas áreas de esta geografía tan difícil que nos ha tocado vivir. Con algunas excepciones, carecemos de líderes que amen a Santander y reconozcan su antiguo papel en la construcción de la nación. Esta realidad está olvidada por muchos de nosotros, incluso por aquellos empresarios que en una época no solo pensaban en su beneficio personal o en su empresa, sino en elevar a todo el departamento hacia la ruta de la riqueza y la grandeza.

¿Dónde quedaron figuras como la de Pedro María Buitrago, Hipólito Pinto, los Gavassa, y los mismos alemanes que crearon empresas porque llegaron a amar esta región? Estamos inmersos en una decadencia que ya dura mucho tiempo, años de “patria chica boba”, creyéndonos importantes cuando no lo somos. Somos egoístas, envidiosos y muchas veces mezquinos, además de carecer de creatividad y formación humanística.

Algo nos sucedió porque no conocemos ni nos interesa nuestra historia. Desafortunadamente, no se enseña en colegios ni escuelas. Debería ser obligatorio aprender la historia de Santander. El gobernador podría iniciar su periodo estableciendo esa cátedra, para que nos enorgullezcamos de ser santandereanos y recuperemos el destino de grandeza que nuestros antepasados nos dejaron.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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