lunes 16 de diciembre de 2019 - 12:00 AM

Todos alquimistas

La esperanza de vida en el siglo XVII no era mayor de 40 años. En 1900 llegó a 50 años y ahora va en 76 años en los hombres y 80 en las mujeres en los países con alta calidad de vida.
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El eterno ciclo, la piedra filosofal, la eterna juventud son anhelos humanos que se renuevan todos los años y por la época de Navidad aún más. En esa búsqueda de la eterna juventud, en Roma, Claudio Hernius, andaba capturándole el aliento a todo el que se iba a morir, porque creía que en ese aliento último estaba la vida. Y así en eso de aspirar el aliento del moribundo, llegó a los 115 años, en una época donde el promedio de vida eran 30 años.

En relación con el Cristo, los cristianos y no cristianos comenzaron a buscar sus prendas, la lanza que lo atravesó, la corona de espinas que rodeó su lastimada cabeza, la copa donde bebió su último vino en honor de los hombres. Los templarios se fueron a Tierra Santa mandados por un Papa, Urbano II, que predicó la guerra santa para buscar y recuperar todo las señales de Jesús y poder apropiarse del santo grial que prometía inmortalidad . Luego vino la piedra filosofal y el conde de Saint Germain que nunca envejecía, que transformaba el plomo en oro, era alquimista. ¿Cómo será probar el elixir de la vida? ¿Qué pasaría si lo probara Trump, Kim Jong-un, los politiqueros colombianos (aunque son eternos porque se reproducen, otra forma de eternidad), la senadora Cabal, o Paloma, o Ernesto Macías o Timochenko o Lozada?

Todo esto, en cierto modo, lo describe Borges en su cuento El inmortal. El hombre que bebió de unas aguas en un desierto y se volvió inmortal. Otra agua después de siglos y cansado de vivir, de saber tanto, de conocer tanto, en algún lugar de la tierra le quitaría la inmortalidad y así fue.

La esperanza de vida en el siglo XVII no era mayor de 40 años. En 1900 llegó a 50 años y ahora va en 76 años en los hombres y 80 en las mujeres en los países con alta calidad de vida. En Colombia si no nos matan alcanzamos. Pero aquí todavía y para pena nuestra, muere cada día un niño de desnutrición.

Es importante que el pueblo, el labriego, el hombre sencillo de está Colombia profunda beba más bien el elixir de la abundancia y tengamos paz.

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