martes 07 de enero de 2020 - 12:00 AM

La educación otrora

Nos aterra ver que los estudiantes de la Universidades públicas, en lugar de cuidar, destruyen aulas, laboratorios, edificios y todo lo que encuentran a su paso.
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Recuerdo imborrable de aquella época en que aprendimos a usar la pizarra y la tiza para luego pasar a la pluma, la tinta y el secante. Esa emoción la volvimos a sentir cuando visitamos, hace ya tres décadas, la China continental. Usábamos uniforme, nos castigaban y el respeto por todo era imperante. Los maestros eran rígidos y exigían, nosotros, sumisos. Gracias a esa disciplina, salimos adelante. Había dos jornadas y un recreo intermedio, además, una banda de guerra a la que pertenecimos por varios años. Se aprendía, los profesores se esmeraban y dedicaban todo su tiempo a enseñar. No había huelgas ni irrespetos a los educadores.

Tuvimos la suerte de asistir a Universidades en donde solo se iba a estudiar. En el campus existía un respetable cuerpo de policía que custodiaba el área. Jamás vimos pintar grafitis en una pared. Las protestas se hacían en silencio, portando carteles en los que expresaban las quejas. Todo transcurría en paz.

Nos aterra ver que los estudiantes de la Universidades públicas, en lugar de cuidar, destruyen aulas, laboratorios, edificios y todo lo que encuentran a su paso. Grande esfuerzo hacen los gobiernos por mejorar nuestra educación para que los vándalos actúen en forma descomedida.

Los resultados están a la vista, las pruebas Pisa lo han demostrado. Estamos en la cola en educación. La preparación de los docentes es deficiente, no de ahora, desde hace muchos años. En nuestro paso por la Gobernación de Santander, hace cinco décadas, luchaba el Secretario de Educación por nombrar normalistas en lugar de los recomendados por los políticos de turno.

Después de tantos años, las cosas siguen igual. Los maestros no quieren dejarse calificar, se utiliza “la palanca” sin mediar los conocimientos. En lugar de prepararse, se protesta, se destruye. Los regímenes totalitarios no permiten el desorden y por eso impera la “autoridad”. Nadie puede protestar como en nuestra democracia.

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