Publicado por: Eduardo Duran
Los habitantes de la calle se multiplican; muchos comienzan desde muy niños y ahí transcurren su niñez, su juventud y su vida adulta; acechados por la incomprensión, apegados a una limosna, huérfanos de oportunidades y amenazados por el delito, las drogas, las enfermedades y la inasistencia total.
Los semáforos se convierten en el medio del rebusque: unos buscan calmar el hambre con una moneda y otros la oportunidad de conseguir algo para mantener una adicción al basuco, al boxer o a otra sustancia extraña. Allí acuden hasta a la violencia cuando la moneda no emana del conductor o cuando ven la oportunidad de pasar al hurto. Muchos sufren enfermedades mentales; otros dolencias visibles en su cuerpo que a unos fastidian y a otros conmueven. El tema es que el tiempo pasa y de las autoridades no surge ningún programa efectivo para atender a los más débiles. Tal vez los polarizados no dejan ver estas realidades, lo que impide que las acciones surjan para atender este sector desprotegido de la sociedad. Desde luego que existe un deber y una obligación que siempre se incumple: los habitantes de la calle no están afiliados al Sisben porque no tienen palanca para ser incluidos; no son recluidos en un sanatorio porque no hay cupo y no se atienden sus necesidades alimentarias porque no hay presupuesto.
El Estado no puede seguir dejando a merced de la calle a los más débiles, porque esa desesperanza va acrecentando las desigualdades sociales. Los que más ganan, tributan entre otras cosas para compensar las deficiencias de los que menos tienen y todo hace pensar en que a esos sectores en poco o nada llega el Estado con los recursos de los contribuyentes. Las ciudades no pueden seguir llenándose de menesterosos; en primer lugar, porque las desigualdades no pueden seguir incrementándose; y en segundo lugar, porque los ciudadanos no pueden seguir exponiéndose ante la reacción de quienes angustiosamente necesitan subsistir.
Apostilla.
El presidente Maduro de Venezuela parece estar ganando el campeonato mundial de las frases célebres por lo estúpidas: “Chávez ayudó para la designación del Papa”; “La muerte de Chávez es comparable con la de Cristo”; “Chávez se me apareció en un pajarito”.









