viernes 17 de abril de 2020 - 12:00 AM

El miedo a morir

solo un escenario como este del COVID-19 nos ha evidenciado a todos, la fragilidad de la existencia
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Columna de
Eduardo Durán

Muchas personas hemos experimentado en algún momento de la vida, el miedo a perderla definitivamente; tal vez ante una enfermedad, un accidente, un secuestro o ante un escenario de inseguridad; pero que ese sentimiento aparezca al mismo tiempo en todos los habitantes del planeta, solo un escenario como este del COVID-19 nos ha evidenciado a todos, la fragilidad de la existencia.

Aquí es cuando uno piensa en lo altamente dependientes que somos de nuestro cuerpo; si él falla, ante cualquiera que sea la circunstancia, no existe ni alma ni espíritu capaz de sobreponerse para preservar la vida; es un sentimiento de impotencia que nos coloca frente a una tremenda realidad, con la cual tenemos que estar enfrentados en todos los momentos de la vida.

Nadie puede llegar a calcular si al salir de la casa, es posible regresar; si al dormir, es posible despertar; si al sentir un dolor, una hinchazón o un incremento de la temperatura, sea el preámbulo de una fatalidad irreversible. Pues bien, ahora estamos frente a un caso más extremo: no sabemos si al saludar a otra persona, o al tocar un objeto, sea ésta la ocasión para que de inmediato un virus nos invada y con su ataque silencioso a nuestros órganos vitales, nos coloque definitivamente en el más allá.

Ahora, cuando todos estamos resguardados en nuestras casas, es tiempo para pensar definitivamente en lo débiles que somos, en lo poca cosa que es la vida, y en lo que debe ser de nuestra precaria existencia, cuando no sabemos provechar esa estancia terrenal en algo verdaderamente positivo y transformador.

Hoy en día hablamos de la velocidad a la que transcurren los acontecimientos y las transformaciones de los escenarios; pero vemos también que muchos andan quedados sin procurar hacer efectivo su aporte a esta sociedad que nos ha abierto espacio y que nos ha propiciado los instrumentos para mantenernos en ella. El balance es que hay gente que ha hecho mucho, y hasta demasiado, pero otros que apenas tratan de cumplir, y unos más que divagan y vegetan y no logran cumplir con el compromiso frente a la vida y la sociedad.

Hoy, cuando estamos paralizados en nuestras casas, tenemos que reflexionar frente a estas realidades, sobre todo cuando tenemos la certidumbre de saber si en este momento estamos, tal vez mañana no.

Me asomo a la ventana y veo las calles vacías; dirijo la mirada hacia las edificaciones vecinas, y contemplo unas caras asustadizas que apenas se atreven a lanzar un tímido atisbo frente a la desolación. Quisiera salir y correr, y no puedo; quisiera ir a un sitio público, y no puedo; quisiera hacer muchas cosas y no puedo. Puedo morir, esa es la tremenda realidad que nos aparece frente a nuestras miradas, mientras un pequeño grupo de médicos y enfermeras, tratan se salvar a los enfermos, y de paso, salvar al mundo.

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