viernes 23 de abril de 2010 - 10:00 AM

El recuerdo de un símbolo del periodismo

Hoy celebramos el día del idioma y mañana conmemoraremos el centenario del nacimiento de don Roberto Posada García-Peña, uno de los periodistas más grandes de nuestra historia y fiel exponente de la lengua castellana.

Dos fechas que curiosamente se juntan, pues fue don Roberto un ejemplo exquisito de lo que pudiéramos llamar, el buen hablar y el buen escribir, y que durante su dilatada existencia consagró a través del periodismo las más valiosas piezas que quedan como testimonio de lo que fue: Un hombre entregado a las letras y al ejercicio de la opinión, desde las páginas del principal diario del país. Tuve la oportunidad de haber tenido una cercana amistad con Él y de haber recibido innumerables consejos en mis actividades periodísticas, pues sostuvimos un permanente diálogo cuando escogió a Girón como su lugar de retiro, después de dirigir El Tiempo durante 42 años y pasaba a su condición de Emérito.

Era la experiencia de casi medio siglo de vivencias, en donde el país vivió azarosas situaciones como la caída del Partido Liberal del gobierno, el 9 de abril con el asesinado de Jorge Eliécer Gaitán, los convulsionados mandatos de Ospina y Laureano, la dictadura de Rojas, el Frente Nacional, la restauración de la democracia, la alternación de los partidos tradicionales en el ejercicio del poder, las dificultades de las reformas constitucionales a partir de Carlos Lleras y tantos episodios cruciales dentro del acontecer nacional.

En todos ellos su pluma era señalada como el símbolo de la ponderación, el buen juicio, el señalamiento de derroteros definitorios y la consolidación del prestigio para el diario que dirigía.

Lo observé muchas veces elaborando sus escritos: Se sentaba a reflexionar, tomaba apuntes sobre un papel, llamaba por teléfono a personas autorizadas en el tema que iba a tratar, discutía elementos de juicio, consultaba a veces una o varias publicaciones, y cuando ya consideraba que el criterio a exponer estaba suficientemente lleno de razones, se sentaba a dictar su editorial con una facilidad en la elaboración y engranaje de las ideas, que al final casi nada había que modificar o complementar.

Todo eso lo hacía en medio de una serenidad asombrosa, tal vez producto de la sencillez que siempre manejó, pues no llegó a conocer nunca ni la arrogancia, ni la autosuficiencia, ni la pedantería, características propias de administrar un poder tan grande como el que ejercía. 'La temperatura lleva a torcer las ideas' decía entre risas.

Es el recuerdo de un gran colombiano y de un periodista ejemplar, que la historia se encargará de darle la dimensión a todo ese legado que está consignado en sus escritos y en su influencia como hombre protagonista de innumerables episodios de la vida nacional.

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