viernes 27 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Jorge Iván Arango

Cuando muere un artista, se va una parte de los valores culturales de una región. Eso sentimos con la partida definitiva y temprana de Jorge Iván Arango, hombre talentoso desde los comienzos de su existencia que llevaba su condición artística muy adentro de su alma y que logró exteriorizar magistralmente a través de obras grandiosas salidas de su formidable imaginación.

Se había criado entre la exuberante naturaleza de El Paraguitas, la finca de la Colombiana de Tabaco, empresa que gerenció por tantos años su padre y que junto a su madre Líliam Rodríguez Rosillo habían hecho de ella el jardín más exótico de la ciudad gracias al cuidado y dedicación que por tantos años supieron imprimir, hasta que se convirtió en lo que hoy es el Jardín Botánico Eloy Valenzuela.

Allí creció en medio de la naturaleza viva y ese escenario fue el que plasmó en sus obras con una capacidad artística que muy pronto le dieron un sello de calidad y de particularidad y que se convirtió en la admiración de todos aquellos que sabían apreciar la formidable plástica de su arte.

Alcanzó a producir bastante porque a él como a los verdaderos artistas lo invadía la genialidad y lo sacudía el anhelo de alcanzar a plasmar todo lo que su creatividad le ofrecía. Cada instante de una conversación iba acompañado de una oportunidad para erigir un concepto básico en una nueva producción.
Era amable, sincero, siempre con una sonrisa en los labios y con un apunte apropiado para cada tema. Sus ojos parecían auscultar cualquier trasfondo en la tertulia y su temperamento tranquilo era la invitación para asumir un dialogo sin prevenciones o eclipses.

Se ganó el corazón de Armando Puyana y le inmortalizó su centro comercial en Cañaveral con ese mural de unas proporciones geométricas y artísticas nunca antes visto en la ciudad que ha sido admirado por toda clase de visitantes hasta de las mas lejanas procedencias. Y también logró colocar en muchos escenarios un toque maestro de expresión artística incomparable, como la que representa ese imponente y magnífico lienzo en la oficina de Alejandro Galvis Ramírez al lado de otro de los grandes de la pintura como es Pacheco de Suratá.

Lastima enorme que esos grandes se vayan tan pronto y que nos tengamos que privar tan rápido de tanta genialidad. El departamento de Santander se sintió orgulloso con su obra, mientras que los santandereanos no dejaremos de lamentar su ausencia ni de sentir entrañablemente el vacío tan grande que ha dejado en la expresión artística de la región.

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