viernes 11 de diciembre de 2009 - 10:00 AM

Las ciudades de remiendos

El científico Rodolfo Llinás, uno de los colombianos más destacados en el exterior por sus estudios sobre las neuronas y viajero frecuente a todas las grandes capitales del mundo, acaba de pasar por Bogotá para recoger una condecoración con motivo de sus bodas de oro profesionales. Allí habló de la percepción que tiene de su ciudad y dijo que cada vez que la visitaba la veía llena de remiendos, agregando que a la Capital le falta el lóbulo frontal, o sea, la zona del cerebro en donde se dan los movimientos fonoarticulados, y agrega que no hay proyectos grandes y que el desarrollo no se ve y que el Transmilenio es apenas un proyecto intermedio.

Ciertamente el doctor Llinás ha puesto el dedo en la llaga y lo que ha dicho no es otra cosa que hacer resaltar la falta de criterio de la clase dirigente para pensar en grande por los verdaderos problemas que afrontan las ciudades. Los alcaldes se contentan con dar al servicio pequeñas obras y la gente cree torpemente que se le están solucionando los problemas, cuando lo que pasa es que se le está aplicando una dosis de anestesia para aplacar las enormes dolencias que padecen.

Fuera de eso, a los gobernantes les falta adquirir visión de mundo; palpar y conocer de cerca cuál es el progreso de las grandes ciudades en el planeta y examinar los procedimientos que se han utilizado en las diferentes etapas del desarrollo para atender las reales necesidades, con una visión de futuro.

¿O es que acaso conocemos cuál es el escenario para nuestras ciudades dentro de 10, 20 o 50 años? Créanme que en Colombia no existe la primera que tenga esa visión de futuro, circunstancia que las obliga a improvisar y a diseñar proyectos carentes de verdadera ubicación dentro de las perspectivas de otras épocas.

Todos los organismos de gobierno deberían tener entre sus estamentos un cuerpo de personas de muy alto nivel de capacitación, de criterio y de conocimiento realista de las cosas, únicamente para estar dedicados a pensar, a crear las directrices que el futuro exige y a señalarle a sus jefes cómo es que tienen que actuar y cuáles son los caminos que hay que auscultar.

Mientras eso no ocurra, las ciudades continuarán estando a la deriva, o como se decía antiguamente: a la topa tolondra; generando pequeñeces y falacias para distraer y para evadir las responsabilidades, llegando a la conclusión de que a la gente se le solucionan tan pocos problemas, que cualquier cosa que les llegue es vista como un favor, como algo nuevo, y en ese engaño los ciudadanos crecen, se multiplican y mueren.

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