martes 23 de marzo de 2010 - 10:00 AM

Alfonso Álvarez Barco

 

Ya era un adulto mayor pero la vida no había logrado hacer de su cuerpo un fofo giñapo. La grasa no pudo hacer cama en parte alguna de su nervuda constitución. No necesitaba decir que desde siempre había jugado y amado el fútbol pues no más verlo esa sensación daba, ya que caminaba bamboleándose, a punto de trotar suavemente, como si además de andar estuviera haciendo un tenue ejercicio de calistenia. Así se le veía por el tinteadero de La Triada, o por las calles del centro de Bucaramanga, o en el barrio El Poblado de Girón y, frecuentemente, por los pasillos de Vanguardia Liberal.

Era como el agua fresca. Exquisito, amigo de todos, parecía que entre su maletín hubiera para cada cual una anécdota y una risotada noble. Vivía pendiente de las viejas glorias del deporte santandereano y era quien llevaba a la sala de redacción la noticia del fallecimiento de aquel que había sido un destacado deportista, ese a quien la vida le había dado cornadas de hambre a porrones. Poco después, regresaba con una crónica sobre las hazañas del desaparecido y comenzaba su lucha para que se publicara en el periódico, pese a la mirada de asombro de noveles redactores que no sabían si el desaparecido había sido cantante de tangos, o promesero de Semana Mayor. Pero él, paciente, sacaba amarillentas fotografías, mostraba el texto escrito y volvía a reír cuando lograba que se incluyera la nota en el diario. La vida es frágil y estúpidamente creemos que aquellos a quienes apreciamos estarán cerca por siempre. Eso pasó con Alfonso. Yo, ingenuo, creí oírle anécdotas del viejo Atlético Bucaramanga mil veces más, pero él, calladamente, ya le había pedido a Caronte que en su barca le llevara por el río Estigio hasta el Hades, región de silencio y sosiego donde residen los muertos, pues allí estaba el centro de su vida, su esposa.

De su ello me enteré hace poco al leer Vanguardia Liberal y encontrar una nota que (teniendo todas las señas de ser del 'negro'  Helman Villamizar) informaba que Alfonso, en silencio, se había ido…   …Y yo, que anhelaba volver a charlar con él para traer otra vez al presente tantas cosas gratas….

Alfonso decidió dejar que su corazón cesara de trajinar una tarde de sol y sus amigos no pudimos decirle adiós. Es que salía, de urgencia, a la región de los muertos, a ver de nuevo a su esposa, que era su razón de ser. Por eso a quienes lo apreciábamos no nos advirtió que las Parcas habían ya dejado de tejer el hilo de su vida. Adiós Alfonso, ¡qué vaina que ahora seas un recuerdo!

 

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