martes 07 de enero de 2020 - 12:00 AM

Cecilia Valdivieso de Umaña

Cecilia, tras su recia fachada, era inmensamente solidaria. Desprendidamente dio la mano a quienes eran golpeados por la vida y las inequidades.
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Estando fuera de Bucaramanga me he enterado del deceso de Cecilia Valdivieso de Umaña, por quien sentía inmenso afecto por muchas razones: desde su niñez fue gran amiga de mi madre, luego del fallecimiento de mi progenitora su aliento ayudó a mitigar mi prematura orfandad, cuando me hice adulto me brindó su amistad y en su edad dorada, sin ruido, fue el gran ejemplo vivo de la mujer santandereana del siglo XX y encarnó lo que quedaba de aquella Bucaramanga en que se formaron y vivieron mis mayores.

Nació en 1918 y vivió algo más de un siglo con valor y entereza, mimetizando su ternura para sortear las vicisitudes que la vida le puso ante sí. Fue una madre coraje, jamás pidió ni dio cuartel como cabeza de familia, como mujer.

Creció en la Bucaramanga de los años 20 y tejió dos grandes amistades: la de Beatriz Gómez Amorocho y la de mi madre. El destino de las tres fue diverso pero lo que las ató no fue deshecho por ningún avatar.

Enviudó en los años 60 y desde entonces, con entrega, recio carácter y silente esfuerzo económico, formó a sus hijos, que no fueron pocos. Para ella eso no fue un reto, era su vida y con altivez salvó obstáculos y cinceló el talante de su prole.

Cecilia, tras su recia fachada, era inmensamente solidaria. Desprendidamente dio la mano a quienes eran golpeados por la vida y las inequidades.

Su cófrade y cómplice fue su máquina de coser, la usó como arma para enfrentar la brega de vivir y sostener su hogar. Además, fue su herramienta para, generosamente, enseñar un hermoso oficio a centenares de mujeres pisoteadas por la vida, estigmatizadas por la sociedad, de quienes fue guía, maestra, confidente y salvadora.

Al marchar ella hacia el infinito, miro hacia el ocaso pues llevó consigo lo que quedaba del mundo vivido por mi madre.

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