martes 22 de diciembre de 2009 - 10:00 AM

El César en Bucaramanga

En el segundo semestre de este 2009 he asistido a dos actos en los que ha estado el presidente Uribe Vélez en Bucaramanga. Ambas veces la escena ha sido semejante.

El Mandatario, de estatura media, no generoso en carnes, cuyos hombros oprimen la cabeza, llega y comienza, cual autómata, un largo y mecánico ritual de dar la mano a todo aquel que halla en su camino y a besar cuanto cachete de mujer encuentra, sin afecto alguno, mientras sus ojos huidizos y duros van de un lado a otro, recordando la mirada de esos curas sectarios de mediados del siglo XX. Deja tras de sí a muchos lelos, que se miran la mano incrédulos de haber tocado la del Poderoso y creen que van a levitar,  reacción que parece sacada de las novelas de Stendhal, esas que retratan el período subsiguiente a la caída de Napoleón cuando se restauró la monarquía en Francia. Sí. La actitud de la pequeña burguesía es semejante a la de Francia de principios del siglo XIX y en la Colombia mestiza de comienzos del siglo XXI que, delirante, cree haber encontrado su César.

Finalmente, el Insustituible llega a la mesa principal y comienza el acto. Se oyen desde el atril los saludos al visitante mientras estratégicamente entra el lagarto político que sabe que al llegar tarde puede saludar al Presidente ante todos para que nadie dude de su importancia.

Por fin comienza la ansiada intervención presidencial. El Mandatario gesticula con sus pequeños dedos rígidos, se come siempre las mismas letras de cada palabra, cita apresuradamente cifras, de memoria,  mientras algunos, en medio de esa mezcla de lociones que sale de cada mesa, siguen mirándose la mano que tocó el Poderoso.

Y viene la carga final del discurso presidencial, siempre la misma para Santander. Quiere hacer obras pero no hay dinero, reconstruir el puente Flandes pero no hay presupuesto y por eso los santandereanos deben esperar otros 800 o mil días, pues ya una vez lo hicieron. Es decir, que todo se invertirá en otras regiones y en Santander de su interminable gobierno no quedará nada.

Ante eso los asistentes, en arrebato, se levantan, aplauden y gritan 'gracias'.

Luego, apresuradamente, el Mandatario sale seguido de 4 o 5 lambones que pretenden que se lleve una petición para que por fin Barichara tenga acueducto o se pavimente la carretera a Málaga, mientras las señoras, apuradas porque va a empezar el capítulo de la telenovela que hace de un Capo de la mafia un paradigma, a empujones sacan a sus maridos para ver si alcanzan a ver 'un trisito'.

'Un trisito' fue lo que volvió a burlarse el Presidente de nosotros, pensamos unos cuantos.

 

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