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Eduardo Muñoz Serpa
Lunes 25 de diciembre de 2023 - 12:00 PM

El colegio del Divino Niño

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Aquel febrero de 1953, llevado por mi madre, llegué al colegio, ubicado entonces en una esquina del parque Antonia Santos. Comencé así mi proceso escolar, que siguió, luego, en las instalaciones que tuvo el plantel en la calle 37 entre carreras 16 y 17. En él, bajo la tutela de rígidas profesoras normalistas y la batuta de la señorita Herminia Serrano, aprendí algo maravilloso, que desde entonces me tiene embrujado: leer y escribir los signos creados por la civilización, llamados alfabeto, y con ellos armar palabras, frases y comunicarme con mis semejantes... ¡Ahh! Y empezó mi eterna confrontación con los números. Recuerdo gratamente a profesoras como la señora Carmen Rosa, Clema Ardila Beltrán, Argentina Medaglia. En los recreos y en un aparatoso bus escolar que conducía David por las estrechas calles bumanguesas, empecé a conocer a mis contemporáneos.

Fue mi primer colegio. No era mixto, pero tenía una sección para niños y otra para niñas. En el salón, en la parte superior de los pupitres, había un tintero pegado a la madera, en el que mojábamos el plumero para hacer perfiles y palotes y aprender a escribir; en esos armatrostes, bajo una pesada tapa, guardábamos libros, cuadernos, lápices, escondíamos trompos, maras y máscaras de luchadores. Allá, mis manos recibieron uno que otro reglazo dados por mis profesoras cuando incumplía con los deberes escolares o hablaba a hurtadillas con mis vecinos de pupitre.

Años después, en una decisión audaz, visionaria, el Divino Niño se mudó a un lejanísimo sitio llamado Malpaso, para llegar al cual había que salir de la meseta, adentrarse por un carreteable sin pavimentar, polvoriento, razón por la cual muchos alumnos se retiraron. La señorita Herminia vadeó la situación y desde entonces allá queda su sede.

Hoy, setenta años después de ese 1953, estoy feliz pues el colegio en el que aprendí a leer, escribir y adquirí disciplina, obtuvo en este 2023 los mejores resultados de todos los colegios del país en las pruebas que el Estado hace a los planteles de bachillerato.

En el Divino Niño se han formado académicamente muchos santandereanos. Yo, con mis manos ya añosas, aplaudo a sus directivos, profesores y estudiantes, mientras gratamente recuerdo cuando llevaba terciado un maletín escolar ABC con la cartilla Alegría de Leer, el catecismo de Astete, la geografía del hermano Justo Ramón y los cuadernos Cardenal.

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