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Eduardo Muñoz Serpa
Lunes 18 de diciembre de 2023 - 12:00 PM

Jorge González Aranda

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Cada cual forma su testimonio de vida en torno a lugares y a los seres humanos que encuentra a lo largo de su existencia. Con ellos arma sus vivencias, crea una telaraña de sucesos, imágenes, recuerdos, circunstancias y forma aquello que llamamos memoria, que es su medio de prueba de haber sido parte de una época, un entorno, un comportamiento, una mirada de las cosas. Jorge González Aranda es parte de mi testimonio de vida.

Recuerdo haberlo visto por vez primera en los años 50 del siglo XX, cuando yo era niño y me gustaba acompañar a mi abuelo materno en su diaria visita a los juzgados, trajín de abogados, que la vida me ha llevado a prolongar hasta las actuales calendas.

Fue en el despacho de Luis Serrano Gómez, a la sazón juez de menores de Bucaramanga, y recuerdo el diálogo que sostuvieron a tres voces el juez, Jorge y mi abuelo, quien luego me dijo que era un joven abogado, hijo de Valentín González.

Desde entonces, muchas veces degusté de la presencia y las opiniones de Jorge González Aranda. Rememoro su vida familiar, lo vi ejercer su profesión, sus audiencias, ya defendiendo, ora acusando a aquellos a quienes la sociedad imputaba la comisión de delitos, fui su colega a lo largo de décadas, le ví ser directivo en la Unab, muchas veces fui contertulio suyo en tinteaderos cercanos al Palacio de Justicia de Bucaramanga, fuí docente universitario de hijos suyos, fui testigo de cómo la vida nos fue volviendo a él y a mí adultos mayores, viejos, y brusca y atropelladamente nos hizo a un lado pues surgieron nuevas formas de hacer las cosas que no resultaron ser mejores que las que había antes, pero fueron el “signo de los tiempos”. ¡Y vaya tiempos tan llenos de nubes negras!

Soy testigo de su cordialidad, de su don de gentes, su sencillez, su mesura, su actuar destacado en el ejercicio del Derecho en la Bucaramanga de la segunda mitad del siglo XX. Mi memoria retiene el señorío y huella que dejaron sus padres, seres fenomenales de la Bucaramanga de su época, del descollante sendero que han labrado sus hermanas en la vida cultural de Santander y de Colombia. Ahora, que la existencia de Jorge González Aranda ha terminado, sin titubeo afirmo que fue un gran ser humano, un gran señor.

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