martes 25 de junio de 2019 - 12:00 AM

Ropa que contamina

La ropa, que es esencial para los seres humanos, disparó la vanidad y con ojo avizor, la avidez de enriquecimiento que lleva en su ADN el capitalismo, la sumergió en el consumismo.

Pensé dedicar este texto a comentar la tragicomedia que hemos vivido los habitantes de Bucaramanga desde el momento en que la cachetada que irresponsablemente propinó el alcalde Rodolfo Hernández al concejal Claro alteró la vida de la ciudad, pero considero que lo que había que expresar lo dijo, lúcidamente, Yesid Lancheros en la columna que Vanguardia le publicó el pasado domingo 23 de junio de 2.019.

Por eso decidí pasar la página y hago cavilaciones en torno a un interesante tema que Cecilia Rodríguez trata en Portafolio sobre las prendas de vestir, que son la segunda industria que más contamina en el planeta, después del petróleo y sus derivados (entre los que se cuenta el plástico de único uso).

La ropa, que es esencial para los seres humanos, disparó la vanidad y con ojo avizor, la avidez de enriquecimiento que lleva en su ADN el capitalismo, la sumergió en el consumismo. Cada año el mundo consume más de 80 mil millones de prendas de vestir y una familia tira como desecho, un promedio anual de 30 kilogramos de ropa. Como el 72% de ella se hace con fibras sintéticas como el poliéster, su descomposición dura hasta 200 años. Y a eso sumemos el calzado que cada vez se elabora con más porcentaje de productos derivados del petróleo.

En 2.015, la ropa desechada se estima que generó 1.200 millones de toneladas de gases de efecto invernadero.

Teñir las telas usadas para fabricar ropa produce inmensas cantidades de aguas residuales tóxicas que contienen plomo, mercurio y arsénico; ellas terminan en los ríos y mares del mundo, causando gran daño a la vida acuática.

Pese a ello, la industria de prendas de vestir va hacia la llamada moda rápida, que se desecha luego de pocas posturas, aumentando aceleradamente el número de kilos de ropa que mutan en desecho que contamina y agiliza el ritmo del desastre climático.

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