martes 22 de septiembre de 2009 - 10:00 AM

Silvia y Perucho

Silvia Galvis era tan buena periodista como vertical en tal actividad. Discreta, amiga de los textos sin dobleces, para ella hacer periodismo era investigar la razón de ser de cada hecho y señalar a los sinvergüenzas.

A principios de los años 80 del siglo XX, cuando creó la Unidad Investigativa de Vanguardia Liberal, comenzó a destapar suciedades en una comunidad acostumbrada a ser laxa con quienes detentaban abusivamente del poder. El choque entre la periodista y aquella parte del medio que chapaleaba en la corrupción fue mediato; sobre Silvia llovieron las miradas duras de quienes gustaban del CVY.

Pedro Ardila Beltrán era uno de los santandereanos más inteligentes, agudos y ariscos que había en esa generación que surgió entre el gobierno de Eduardo Santos y el segundo mandato de López Pumarejo. Abogado penalista, crítico observador del acontecer político, independiente, enemigo de los maridajes con el poder, conocedor del medio y los pecados que había cometido cada quien en Bucaramanga, se había ido inclinando hacia las ideas socialistas, aislándose de un entorno conservador como el bumangués.

Ambos eran alérgicos a echar incienso. Un día Pedro, al calor de un 'tinto', me preguntó por Silvia y se mostró escéptico respecto de ella. '¿Esa niña ‘bien’ sí es capaz de hacer periodismo realmente crítico?' -me preguntó-. Le invité a conocerla pero él, neurótico por convicción, me increpó que no había nacido para alabar a nadie.

Poco después, ante otra denuncia de Silvia señalando porquerías de los politiqueros de entonces, Pedro me dijo que quería conocerla. Le sugerí que fuera al periódico y la visitara. Él bufó y se negó.

Días más tarde, yendo ambos de pasajeros en bus urbano por la calle 36, le pregunté si había visitado a Silvia; ladró una respuesta, me miró, puso más belfa su mandíbula inferior y a manera de regaño me espetó: 'sí, voy a ir' y se bajó en el siguiente paradero.
Después, José Luis Ramírez, quien empezaba a hacer periodismo bajo el ala protectora de Silvia, me comentó que Pedro, ser de cascarón duro y alma de hermana de la caridad, había estado charlando con ella.

Desde entonces entre ambos hubo amistad franca y fraterna. Pedro, arisco a los círculos de poder, crítico, encontró en la hija del doctor Galvis Galvis a alguien que no ‘tragaba’ entero.

En alguna oportunidad le pregunté a Perucho por ella y con sequedad me respondió: 'Esa muchachita es una verraca, como esas viejas que lograron que esta ‘joda’ fuera una patria'. Ambos, desde entonces y hasta cuando él murió, fueron amigos cálidos.

Hoy yo tengo dos amigos menos pues ambos marcharon ya en busca de lo que hay más allá de la muerte.

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