martes 06 de octubre de 2009 - 10:00 AM

Un ministro muy a lo Valencia Cossio

Fue uso reiterativo el que a lo largo de muchas décadas quien estaba a la cabeza del Ministerio de Gobierno, denominación que tuvo durante más de un siglo el ahora Ministerio del Interior, fuera una persona de inteligente comportamiento, alguien de cultura superior, docto en alguna área del conocimiento, de mundo, buen trato y ademán elegante, que seducía al país con su verbo. Era el espejo del gobierno. Según las señoras, 'era de mostrar'. Pero en los últimos tiempos y en especial durante la era Uribe Vélez, ello cambió en forma desfavorable pues ha designado a tres controvertidos personajes como ministros del Interior. Y de ellos el campeón es el actual, Fabio Valencia Cossio.

El perfil del reemplazo del embaucador Sabas Pretelt, deja qué desear. Es mañoso, de deficiente formación cultural, con grandes lagunas jurídicas, romo en Ciencias Políticas, atropellador y tosco en materia de relaciones interpersonales, alguien que solo sabe hacer política amarrando adhesiones con base en el reparto del presupuesto, una persona que no convence sino que 'cambalachea', con perfil, porte y abdomen de tendero pendenciero. Y actúa como tal. Valencia Cossio no habla, ofende con tosco ademán mientras paralelamente lastima el idioma; no debate, pisotea e impone; no seduce con su verbo, aplasta con el uso abusivo del presupuesto; no logra mayorías, amarra conciencias; no sabe de coaliciones sino de mangualas.

Su actitud en la tribuna es desdeñosa, su uso del lenguaje es pobre; su mirada es de camorrista de esquina de barrio que permanentemente busca ofender a alguien para que sus compinches tengan oficio.

¿Qué deja su paso por el Ministerio del Interior? Malos precedentes y pésimas costumbres sobre cómo lograr mayorías en el Congreso.

Sus argumentos no son inteligentes; su filosofía es que las mayorías no se logran con base en afinidad de ideario sino por saber repartir prebendas y canonjías. Por eso cuando deambula por entre las curules de los parlamentarios no lo hace cabalgando al son de música de trovadores sino como lo hace un compinche que busca a los de su 'parche'.

Cuando junto a la escalera de la Casa de Nariño habla a los periodistas no expone, ni informa, impone. Es un tendero pendenciero de barrio que sabe que a él se llega no por agrado sino por necesidad.

Es la mejor radiografía del régimen. Es el uribismo a trasluz y sin etiqueta. Es la prístina expresión del 'si está conmigo le comparto de los impuestos y si no, me las paga' y del 'voten antes de que los pongan presos'.

¿Un ejemplo? La chambonada de la sesión extra del 17 de diciembre, que ni acta tiene. Dios los hace y ellos se juntan.

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