Hablar de corrupción, ahora, es como “llover sobre mojado” pero no está de más escribir ciertas reflexiones sobre algunas defensas frente a tan fatídico monstruo. Hace varias décadas, en este país, solo consideramos corruptos a unos cientos de funcionarios. Hoy en día ya tenemos claro que si uno de las tantos monstruos de inmoralidad posee 500 cabezas de individuos de la rama ejecutiva, a la vez se apoya en 500 cabezas del sector privado; y una cifra indeterminada de funcionarios de las ramas legislativa y judicial.Es innegable que la consulta anticorrupción fue exitosa por el volumen de votos por el SÍ y por la movilización inmediata (solo inmediata) de políticos en plan de seguir aprobando leyes, cambios en la Constitución, más estatutos contra la corrupción, etc. Pero todo indica que, de nuevo, se probará que esta lucha no se gana con más legislación. Debe llegarse al fondo; a ese fondo que no se ha querido mirar, pues si se analiza se llega a la conclusión de que se trata de un problema de raíces y modos anclados en la mente y las costumbres (cultura anticiudadana) de tan diversas generaciones que, de acometer ahora su real solución, quienes luego de muchos años mostrarían resultados tangibles y “cortarían la cinta”, no serían los populistas que hoy pretenden pescar en río revuelto. Las causas principales del desaforado incremento de la deshonestidad son: 1) La deficiente formación de los niños en sus hogares y siete primeros años; formación que antaño impartían sus progenitoras. 2) En familias de bajos estratos sus ínfimos ingresos que, a los mayores, impelen a delinquir y a los hijos a seguir ese ejemplo; ahí es obvio que la solución la tendría el Estado, que ni destina amplios recursos a capacitación ni logra grandes avances en creación de empleo de baja calificación. En lo atinente a la escasa –o nula- formación que recibe el niño en su casa, aunque el Estado debe intervenir, es la sociedad civil (empresarios e instituciones privadas) la llamada a adoptar fórmulas y medidas que faciliten, a las madres trabajadoras, su permanencia parcial en los hogares al menos hasta que sus hijos alcancen los cinco años de edad.