lunes 11 de febrero de 2019 - 12:00 AM

Amigos de verdad, verdad

Cada quien puede tener su propia concepción o definición de los amigos de verdad; esos que nunca nos fallan y en quienes siempre podemos confiar. Pero más allá de las diferencias que existan al respecto todos tendremos constantemente en nuestro pensamiento, la lealtad; esa calidad que implica fidelidad y acompaña a los hombres de bien. Son pocos los amigos de verdad, y pueden ser numerosos los de mentiras. ¿Quiénes pueden ser amigos de mentiras? Pienso que son múltiples las razones para calificar así a quienes, con alguna frecuencia, nos manifiestan especial aprecio sin que haya transcurrido un extenso lapso desde cuando nos conocimos; por lo general, los amigos de mentiras nos escuchan con atención, elogian todo lo que hacemos y una vez conocen nuestros comentarios expresan su asentimiento. ¡Vaya amigos!

En cambio el amigo de verdad es aquel con quien hemos estado alternando a lo largo de varios años y nos hace caer en cuenta de las equivocaciones en que incurrimos; nos contradice, al menos en privado, cuando no está de acuerdo con lo que planteamos y está dispuesto a acompañarnos y asesorarnos en las iniciativas que proponemos, mas solo si las estima acertadas y convenientes. Por supuesto siempre deberíamos cuidarnos de los de mentiras y escuchar a los de verdad, verdad; pero esto último es más o menos difícil, según sea el engreimiento de cada quien. Y aquí entra “en juego” tanto la vanidad o prepotencia del personaje, como el rango que esté desempeñando; además, una cosa es la jerarquía en el sector privado y otra en el público.

Siempre es más efímero el “poder” de los altos funcionarios que el de los dirigentes privados, y ello explica que aquellos no sean propensos a aceptar las críticas. Es frecuente que su soberbia les impida analizar la validez de las quejas ciudadanas y de las soluciones que se les propongan, antes de reaccionar contra quienes los contradicen. Y tales reacciones no solo nada dejan en favor de los gobernados, sino tampoco favorecen al funcionario. Desde luego, hay casos en que las críticas no son razonables o, peor aún, son malintencionadas; pero siempre habrá una forma civilizada para desvirtuarlas.

Depende de CÓMO se haga la crítica.

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