lunes 15 de abril de 2019 - 12:00 AM

Gobernantes: ¡A gobernar!

Hace unos días tuvo gran resonancia un informe sobre las mayores inasistencias de parlamentarios a sesiones plenarias del Congreso. El tema no es nuevo y tal vez la resonancia hubiese obedecido, al menos en parte, al nombre “Trabajen vagos” de la veeduría que hizo la publicitada investigación.

Se dijo que el art. 183 de la Carta señala que perderán su investidura (“muerte política”), los congresistas que falten seis o más veces a las sesiones plenarias de un mismo período; y la lista la encabezó el dirigente conservador David Barguil, uno de los parlamentarios más entrevistados por los medios, a quien le pillaron setenta y tres (¡73!) ausencias en el período pasado.

Dado el desprestigio de los parlamentarios, lo más posible es que la denuncia de los veedores de “Trabajen vagos” no tendrá efectos ni reacción alguna; a mí me lleva a referirme hoy a la displicencia que se apodera de algunos alcaldes y gobernadores durante el último año de su mandato. Aclaro: para ciertos gobernantes, el que al cabo de diez meses va a elegirse su reemplazo es como una infortunada premonición.

El mandatario dedicó a su gestión tres o más de sus mejores años; le fue bien pues pudo sacar adelante la mayoría de los proyectos que propu-so salvo dos o tres ideas que hubo de aplazar; pero quien lo suceda podría no interesarse en esas ideas.

Así que decide invertir buena parte del tiempo restante de su mandato a promocionar candidaturas de quienes, quizá, acogerían lo que le quede pendiente.

Imposible negarle aplausos a gobernadores y alcaldes que sean muy bien intencionados. Mas los mandatarios, todos, fueron elegidos para, hasta el último minuto de su periodo, dedicar el 100% de su tiempo ¡a gobernar! Por ello, recientemente, declaró Antanas Mockus: “Por respeto con la ciudadanía, que depositó su confianza en mí, agotaré todas las instancias para defender el derecho a elegir de miles de ciudadanos”.

De otro lado es entendido que en todo caso de elección unipersonal, el ungido es el único que adquiere el derecho a mandar durante el periodo que le corresponda; luego no cabe que el antecesor aduzca traición por parte de quien lo lo reemplace en el mandato popular.

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