lunes 28 de enero de 2019 - 12:00 AM

Imperio de la ley y desmonte por las orejas

Quizá siempre, pero muy acentuado en los últimos años, muchos funcionarios se cuidan de que sus actos no violen alguna norma legal, lo que está bien pero no es suficiente. Hay múltiples procederes incorrectos, contrarios a la moral, a la ética, o a la simple cortesía hacia los asociados que, físicamente, no caben en los textos legales y normas disciplinarias o se omiten por su obviedad; lo último anotado, lo obvio, no lo ignoran los funcionarios.

La gran mayoría tuvieron buen ejemplo de sus padres o antes de llegar al cargo público pertenecieron al sector privado y tuvieron relaciones amables con los otros. El problema está en el cambio de “camiseta”; esa camiseta imprime carácter, otorga prepotencia y genera unas habilidades muy especiales.

El amigo de ayer memoriza pronto los incisos que puedan emproblemarlo, y no pisa cascaritas; más con igual prontitud olvida su consideración con los demás. Adopta un actuar lisonjero hacia sus superiores y fácilmente aprende las varias especialidades de la “lagartería”. En contratos estatales el ente público tiene un supervisor que con frecuencia niega derechos del contratista; este reclama con respeto y aquel se limita a contestarle “mejor demande”.

Cuesta a los funcionarios rendir cuentas o informes periódicos sobre sus labores; y no logran entender el cuento ese de “socializar” sus actos administrativos antes del “publíquese y cúmplase”; ellos quedan tranquilos al responder que no han violado la ley. Es lo conocido como “desmontarse por las orejas”. Claro que por fortuna no faltan las excepciones. La llamada “puerta giratoria” no es mala en sí. El Estado, todos, podemos ganar con el paso a esas filas, de privados muy calificados.

El riesgo está en que al regresar al sector privado pueden usar indebidamente informaciones confidenciales a las que tuvieron acceso. Ahora, es cierto que por diversas razones el servicio público puede ser un sacrificio que no se reconoce; y tan ingrato es, que puedo citar tres destacados santandereanos: Carlos Ardila Lulle, Alberto Montoya y Leonidas Gómez, que sin dificultad accedieron al Senado, pero con razón se arrepintieron.

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