Publicado por: Eduardo Pilonieta Pinilla
Era un hombre de admirar; su presencia infundía respeto y sus opiniones, expresadas casi siempre en un tono bajo de voz, obligaba a todo el mundo a callar para poder oírlo.
Nunca lo escuchamos polemizar; él simplemente decía lo que tenía que decir y a partir de ese momento guardaba respetuoso silencio, mientras en su rostro se dibujaba esa sonrisa amable que lo caracterizaba.
Tenía muchos méritos; pero el más importante de todos era su honradez a toda prueba, y el que un político colombiano haya ejercido esta actividad durante toda su vida y no haya dado lugar a tan siquiera un asomo de duda respecto a su comportamiento ético lo convierte en un modelo a mostrar a estas nuevas generaciones de políticos, en quienes primero nacen las dudas y luego se les conocen sus actuaciones.
Era por demás un hombre culto, magnifico lector; además tenía la sencillez de los grandes hombres, que lo hacía un oyente amable de todo aquél que buscaba su consejo.
Su presencia se advertía con solo eso: su presencia; jamás lo vimos alzar la voz para hacerse notar y cuando discrepaba simplemente lo hacía sin entrar en discusiones innecesarias con sus interlocutores.
Fue un amante del campo, un diplomático excelente, un historiador consagrado, un educador por vocación y no nos cansaremos de decirlo, un político cuyo prestigio lo llevó a ser titular de las máximas distinciones públicas que puedan brindarse a un hombre en vida.
Además de su ejemplo, queda para la posteridad su magnífica obra a la que le dedicara los últimos años de su vida y en donde lo encontró la muerte: la Universidad Autónoma de Bucaramanga.
Se fue el compañero de academia y lo hizo con la misma discreción que adornó todos los actos de su vida, en silencio, con tranquilidad y paz como mueren los grandes hombres.
Paz en su tumba, maestro Gómez Gómez y un abrazo de solidaridad para sus allegados.









