Publicado por: Eduardo Pilonieta Pinilla
Es una aspiración colectiva que la justicia mantenga su propia dignidad, que no es otra que la sumatoria de la de sus jueces y magistrados y se entiende, pues no puede haber justicia sin ética y no la habrá mientras ellos desconozcan el significado del concepto y por sobre todo, cuando en su vida personal antepongan sus intereses a los de los demás mediante conductas que ignoren la buena fe.
La verdad es que justica es ética y honestidad, siendo aquella la parte que se ocupa del uso racional de la moral, la virtud y el deber, por lo cual las actuaciones de los hombres deben ser ajustadas a la equidad.
Enorme daño se le causa a la justicia cuando a ella llegan, en calidad de jueces, personas cuya ética esté cuestionada, pues no es justo que toda una sociedad tenga que sufrir el desprestigio de sus instituciones fundamentales como la administración de justicia.
En Estados Unidos, para nombrar magistrados de la Corte Suprema, se examina al candidato milimétricamente y el más simple asomo de duda lo descalifica de inmediato; qué envidia; aquí, como están las cosas, los aspirantes a las altas cortes ya no van a tener que acreditar su hoja de vida sino su pasado judicial, pues no podemos olvidar que “La mujer del Cesar no solo debe ser casta, sino además parecerlo”.
Es una lástima que la enorme mayoría de los magistrados vivan de lo que ganan como tales, pues de no ser así, a lo mejor podrían tener la dignidad de negarse a trabajar con el colega descalificado, enseñándonos lo que en verdad sería el repudio social que debe causar una persona que a pesar de ser cuestionada, es magistrado: qué vergüenza.
De continuar como vamos terminará siendo cierto lo afirmado por un gran amigo quien decía que “para aspirar a esos cargos, como están las cosas, solo se necesitará tener tres condiciones: caspa, hemorroides y pecueca”.









