Publicado por: Eduardo Pilonieta Pinilla
Que fácil resulta, desde las alturas del poder, fastidiar a los ciudadanos, pues es mucho más sencillo cargarlos de obligaciones que hacer el esfuerzo necesario para que la convivencia social mejore.
Lo decimos, porque nuestras autoridades, esas mismas que no han sido capaces de resolver los problemas ciudadanos, nos impusieron, a la brava, el folclórico programa de un día sin carro, seguramente para demostrar lo que con mediana inteligencia se puede entender.
Si los autos son contaminantes y no los dejamos circular, disminuimos la contaminación y con esa misma lógica deberán disminuirse los trancones, los accidentes, el ruido; solo que también lo harán las ventas en el comercio, los ingresos para los parqueaderos, las gasolineras, los montallantas y los talleres de servicio.
Valdría la pena sufrir el castigo que se nos impone por haber votado por ellos, si del experimento surgieran verdaderas soluciones; pero, ya pasó otra vez y del mismo no queda sino el mal sabor por la incomodidad que nos generó.
Las autoridades van a notar que el problema no son los carros; lo es la incapacidad de modernizar la ciudad construyendo las obras que se necesitan para que ese crecimiento sea un factor de desarrollo.
Esta clase de determinaciones son prueba de “parroquianismo mediático” y solo sirven para confirmar, una vez más, que nuestra clase dirigente no ha sido capaz, por múltiples razones, de generar las obras de progreso que una ciudad del siglo XXI necesita.
En nombre de los almacenes que disminuyeron sus ventas, de las gasolineras, de los talleres de mecánica, de los vendedores de artículos para automotores, de quienes habitan en zonas donde no pasa el transporte público, de quienes viven del vehículo como fuente de ingreso y en general de todos los perjudicados: muchas gracias; así se gobiernan las ciudades. Para los perjudicados: tengan paciencia, es que así actúan las burocracias ante la bobería de quienes no somos capaces de reaccionar.










