viernes 22 de mayo de 2020 - 12:00 AM

Dos instituciones ineficaces

La legislativa produce verdadera repulsión; el Congreso de la República es grande, ineficiente, costosísimo, lleno de privilegios inútiles, se trabaja muy poco y sus resultados son nulos
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Dos ramas del poder público están totalmente desaparecidas por cuenta del COVID19: la judicial y la legislativa.

Que lo haga la encargada de la administración de justicia es sumamente grave, pues en este momento un 95% de sus naturales funciones o no se cumplen o se están ejerciendo a medias y todo a espaldas de los interesados.

Sin embargo, que lo haga la legislativa carece de total importancia, pues con el grado de descomposición en que han caído los congresistas, con pocas excepciones, nos está mostrando que no le pasa nada al país si dejan de funcionar, con lo cual estamos entendiendo su inutilidad pues solo está preocupada por cosas tan trascendentales como “el carriel antioqueño”, para solo citar un ejemplo.

Los ciudadanos debemos tomar conciencia que estas dos ramas del poder público deben reformarse radicalmente: la judicial, cambiando su estructura puesto que el modelo corresponde a los parámetros de unos tiempos que ya pasaron y tratar de mantenerla lo único que hace es que la crisis sea cada vez mayor.

El Consejo Superior de la Judicatura ha demostrado que no fue capaz con el encargo y por lo tanto ha perdido su razón de ser, aunque sí consume una buena parte del presupuesto de la justicia que bien podría dedicarse a la modernización, actualización y reforma de la misma.

La legislativa produce verdadera repulsión; el Congreso de la República es grande, ineficiente, costosísimo, lleno de privilegios inútiles, se trabaja muy poco y sus resultados son nulos; si no, analicemos qué ha hecho en medio de esta crítica situación que nada afecta a los parlamentarios pues ellos continúan recibiendo cumplidamente sus desproporcionados salarios.

No cabe la menor duda que la conjunción de estas dos ineficientes instituciones es el caldo de cultivo perfecto para esa corrupción que nos tiene postrados y al país convertido en un Estado fallido en el cual solo prosperan los bandidos.

Nos corresponde a cada uno de nosotros tomar conciencia de esta dolorosa situación y empezar a presionar, por todas las vías posibles, pues si el colectivo social al unísono lo exige y reclama insistentemente el cambio deberá producirse.

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