viernes 03 de julio de 2009 - 10:00 AM

¿Hasta cuándo, hasta cuándo?

No deja de ser por lo menos fastidiosa la forma absolutamente irrespetuosa como las directivas y los contratistas del Metrolínea continúan manejando el tema del flujo vehicular en las zonas en donde están realizando los trabajos de construcción.

El tema sobre quién responde cuando se abre o se cierra una vía parece que simplemente se deja al criterio de nadie, pues con bastante más frecuencia de la que quisiéramos, encontramos cerrada una parte de la vía y al hacer el recorrido se puede constatar que no hay frentes de trabajo en ese momento y que bien podría habilitarse el tráfico sin causar ningún problema y sin que se corra riesgo alguno. Cualquier cosa sirve de pretexto para incomodar los conductores que obligados deben utilizar ruta Bucaramanga - Piedecuesta; con muchísima frecuencia seguirán los tapones innecesarios, pues en las vías cerradas se descubre que con un poco de buena voluntad y mucho respeto por las gentes pueden evitarse los trancones con apenas un poco de sentido común, que en esta obra bastante ha faltado.

Las autoridades de tránsito están en la zona solo para vigilar el pico y placa; frente a sus propias narices se tupen las vías y los agentes ignoran totalmente lo que sucede, dejando a los conductores abandonados a su suerte, como en la ley de la selva.

Otro factor común es que se abre un frente de trabajo, se cierra la vía desde luego, se levanta el pavimento y se paralizan las obras creándose una incomodidad que bien podría evitarse, o planificando cuidadosamente, o trabajando con celeridad, es decir, pensando en la gente y tratando de incomodar lo menos posible.

Se puede no molestar a las personas. Un ejemplo lo dieron quienes construyeron los puentes peatonales que trabajaron de noche, sin taponar las vías, mostrando que sí se puede.

El proyecto pareciera que no tiene administrador, pues si lo tuviera quizás no se habrían causado tantos problemas a los habitantes del área que hace mucho pasamos de ser comprensivos a ser pendejos y a aceptar, sin protestar, que se abuse de nuestra paciencia y nuestro tiempo.

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